Hace algunos días, conversando
con mi amigo Leandro, me dio una definición extremadamente gráfica del amor:
“La quiero tanto, que a veces tengo ganas de
incendiarla, pero no lo hago, porque la amo”.
A raíz de esta definición,
empezamos a conversar sobre su planteamiento de que el amor se define “en
negativo”: para él – y ahora estoy de acuerdo – el amor hacia la otra persona
no tiene que ver con “llevarse bien” o “reírse mucho” o “ser perfectamente
compatibles”, sino con las cosas que toleras a la otra persona. Cosas que,
seguramente, no le toleraríamos a nadie más que a ella (o él).
Pasa que el paquete viene
completo. Pasa que cuando elegimos a alguien, elegimos a la “mejor presa”
dentro de ese pequeñísimo universo de personas que llegamos a conocer hasta
determinado punto de nuestra vida. Pasa que si quisiéramos encontrar una
persona “perfecta para nosotros”, sin duda pasaríamos solos el resto de
nuestras vidas. E incluso, si encontráramos a alguien que se acercara a esa
definición, nos quedaría la eterna duda de si, en Australia o Hong Kong, no
existirá alguna un poco más compatible, quizás con los mismos gustos musicales,
quizás con el mismo carácter extrovertido, quizás con un poco más de sentido
del humor.
Por eso, elegimos a una persona
que, mal que bien, tiene suficientes cosas positivas que podamos admirar (o aun
que sea respetar) y que son las que recordamos, justamente, cuando aparecen
esas otras cosas no tan agradables que todos tenemos. Esas cosas que, por
ejemplo, a mi amigo le generan el pensamiento de querer incendiar a su
enamorada.
Y como quien refuerza la idea de
definir al amor de manera negativa, violenta, me cita – para variar – a Marge
Simpson, quien en algún capítulo de tan buena serie le dice a su hija: “pero
algún día encontrarás a un hombre al que amarás, hasta que te duela (…)”.
Y a raíz de esa cita, Leandro me
preguntó si no es acaso el hecho de definir al amor como algo que duele (sí,
tarde o temprano, de una u otra forma), una realidad que nos hace corroborar
que nuestras instituciones más valiosas – como la familia, que justamente nace
del amor – están también hechas de violencia, solo que de una violencia
legítima, admitida por todos nosotros, sea consciente o inconscientemente, por
acción u omisión.
¿No es acaso violencia arrebatarle
a una madre la custodia de su hijo, así sea porque ello es necesario por el
bien del menor ya que su madre tiene problemas con las drogas? ¿No es acaso
violencia quitarle la libertad a un condenado a prisión, por muy “merecido” que
lo tenga? ¿Y no es acaso violencia la forma en cómo tenemos ganas de (mal) tratar, a veces, precisamente, a las personas
que más amamos, y justificamos dichos pensamientos, justamente, en nombre de
esas emociones intensas y desbordantes a las que nos condena el amor?.
Obviamente hay líneas. Lo
anterior no significa que cuando tengamos ganas de incendiar a nuestra pareja
vamos a hacerlo si ya no la amamos. Se trata simplemente de dejar el concepto
algo claro: no incendiaremos a quien amamos, justamente por amor. Y probablemente
no sentiremos ganas de incendiar a otra persona con la intensidad que quisiéramos
incendiar a quien amamos, justamente porque, en nombre del amor, somos capaces
de sentir tan intensamente nuestras emociones – buenas o malas – solo hacia esa
persona. Y en nombre de ese amor, también, de tolerar esas emociones,
canalizarlas.