martes, 11 de diciembre de 2012

Sobre la definición "en negativo" del amor






Hace algunos días, conversando con mi amigo Leandro, me dio una definición extremadamente gráfica del amor:

 “La quiero tanto, que a veces tengo ganas de incendiarla, pero no lo hago, porque la amo”.

A raíz de esta definición, empezamos a conversar sobre su planteamiento de que el amor se define “en negativo”: para él – y ahora estoy de acuerdo – el amor hacia la otra persona no tiene que ver con “llevarse bien” o “reírse mucho” o “ser perfectamente compatibles”, sino con las cosas que toleras a la otra persona. Cosas que, seguramente, no le toleraríamos a nadie más que a ella (o él).

Pasa que el paquete viene completo. Pasa que cuando elegimos a alguien, elegimos a la “mejor presa” dentro de ese pequeñísimo universo de personas que llegamos a conocer hasta determinado punto de nuestra vida. Pasa que si quisiéramos encontrar una persona “perfecta para nosotros”, sin duda pasaríamos solos el resto de nuestras vidas. E incluso, si encontráramos a alguien que se acercara a esa definición, nos quedaría la eterna duda de si, en Australia o Hong Kong, no existirá alguna un poco más compatible, quizás con los mismos gustos musicales, quizás con el mismo carácter extrovertido, quizás con un poco más de sentido del humor.

Por eso, elegimos a una persona que, mal que bien, tiene suficientes cosas positivas que podamos admirar (o aun que sea respetar) y que son las que recordamos, justamente, cuando aparecen esas otras cosas no tan agradables que todos tenemos. Esas cosas que, por ejemplo, a mi amigo le generan el pensamiento de querer incendiar a su enamorada.

Y como quien refuerza la idea de definir al amor de manera negativa, violenta, me cita – para variar – a Marge Simpson, quien en algún capítulo de tan buena serie le dice a su hija: “pero algún día encontrarás a un hombre al que amarás, hasta que te duela (…)”.

Y a raíz de esa cita, Leandro me preguntó si no es acaso el hecho de definir al amor como algo que duele (sí, tarde o temprano, de una u otra forma), una realidad que nos hace corroborar que nuestras instituciones más valiosas – como la familia, que justamente nace del amor – están también hechas de violencia, solo que de una violencia legítima, admitida por todos nosotros, sea consciente o inconscientemente, por acción u omisión.

¿No es acaso violencia arrebatarle a una madre la custodia de su hijo, así sea porque ello es necesario por el bien del menor ya que su madre tiene problemas con las drogas? ¿No es acaso violencia quitarle la libertad a un condenado a prisión, por muy “merecido” que lo tenga? ¿Y no es acaso violencia la forma en cómo tenemos ganas de (mal)  tratar, a veces, precisamente, a las personas que más amamos, y justificamos dichos pensamientos, justamente, en nombre de esas emociones intensas y desbordantes a las que nos condena el amor?.

Obviamente hay líneas. Lo anterior no significa que cuando tengamos ganas de incendiar a nuestra pareja vamos a hacerlo si ya no la amamos. Se trata simplemente de dejar el concepto algo claro: no incendiaremos a quien amamos, justamente por amor. Y probablemente no sentiremos ganas de incendiar a otra persona con la intensidad que quisiéramos incendiar a quien amamos, justamente porque, en nombre del amor, somos capaces de sentir tan intensamente nuestras emociones – buenas o malas – solo hacia esa persona. Y en nombre de ese amor, también, de tolerar esas emociones, canalizarlas.

Ojo, no estoy promoviendo la violencia en ninguna de sus facetas, solo poniendo una realidad sobre la mesa.

lunes, 29 de octubre de 2012

SUPERPODERES


Si tuviera la posibilidad de elegir un super poder, sin ninguna duda, sin siquiera pensarlo un segundo, elegiría la posibilidad de poder leer la mente de las demás personas. En realidad no de todas, porque sería terriblemente tedioso tener que lidiar con tantos pensamientos que no me importarían en absoluto, pero si la de aquellas personas que me importan, que son parte de mi cuadro.

Especialmente en estos últimos días – aunque, en realidad, me ha pasado con mucha frecuencia antes - me he estado cuestionando fuertemente respecto a lo complicado que es relacionarse con las demás personas. Relacionarse a profundidad, digo. Porque conocer a las personas, llevarse bien, reír, pasear, webiar, es sencillísimo. Al menos para mi que nunca he tenido problemas con conocer nuevas personas. Pero apenas los vínculos empiezan a fortalecerse, apenas esas personas nuevas empiezan a formar parte de nuestro mundo cercano, todo empieza a complicarse, inevitablemente, por más compatibles que sean, por más simple que haya sido pasar tiempo juntos en un inicio.

Y si bien a menudo las complicaciones aparecen por algo tan simple como la llamada “incompatibilidad de caracteres”, otras muchas veces todo el problema parte de dos verbos: callar y asumir. Y con callar, no me refiero solamente a no decir nada, sino también a “decir a medias”, a dejar en la ambigüedad. Y la consecuencia de callar, claro, es que la contraparte empezará a asumir. Asumir sin preguntar, que es otra forma de callar. Ambas partes cayendo en lo mismo. Igual de culpables. Igual de inocentes. Igual de tontas.

Hace poco yo asumí que lo correcto era hablar y preguntar. Me equivoqué. Luego asumí que lo mejor era callar, dar espacio, no joder. Me equivoque de nuevo. En ambas ocasiones descubrí que me había equivocado cuando la otra persona dejó de callar y me dijo directamente como era la nuez. Qué le jodió. Que esperó. Qué pensó.

Y obviamente, no es la primera vez que algo así me ocurre (refiriéndome a la forma, claro, pues el tema de fondo si fue nuevo para mí, pero eso no es lo importante de esto). Tantos problemas me hubiera ahorrado si hubiera podido leer la mente de esas personas importantes. Tantos momentos desagradables. Tantos daños hechos y recibidos de las y a las personas que más he querido.

Por supuesto que he pensado en los aspectos negativos de tener ese poder (por ejemplo, perder esa extrañamente maravillosa emoción/intriga de no saber exactamente que pasará, de dejar que “las cosas fluyan”), pero creo que poniendo en la balanza ambas caras de la moneda, me ratifico: como quisiera leer la mente de aquellas personas a las que no quisiera nunca molestar o herir de nuevo. Aquellas personas con las que no quisiera tener ni una sola discusión más, por muy imposible que en la realidad suene.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Vaivenes




Te acercas y alejas. Intentas con entusiasmo. No te conformas. Te boto, te insulto, te vas. Te busco, como si nada. Regresas, pero distante. Te acercas más y se te escapan esas cursilerías que me asustan. Te sorprenden mis respuestas, mi frialdad. Quieres ver detrás de esa dureza, algo que no hay. Te aferras a algo que no existe. No me crees cuando te digo que no hay más. Soy lo que ves. Lo aceptas o te vas.

Decides irte otra vez. Ok, todo bien. Crees que te llamaré. No lo hago, aunque quisiera. Porque sí pues, me gustas. Pero no más que eso. Me gustas a pesar de que podría hacer una lista interminable de tus defectos. Y eso que apenas te conozco. Pero ya todos mis sentidos se pusieron en alerta. Te encasillaron en ese modelo de persona que ya se que no me agrada, que no me hará bien. El problema es que sí me agradas. Que ahorita me haces bien.

No entiendo que buscas y tampoco pregunto. Lo que yo busco no requiere demasiadas respuestas. Así que solo observo. Observo y aprendo de tus movimientos. De tus rarezas. De esa extraña forma tuya de siempre volver, aunque nunca hayas estado realmente cerca. De esa patética forma de acercarte tanto y luego huir. Y luego pegarte demasiado, asustarme, y volverte a ir, tras mis ofensas instintivas.

No se que buscas y tampoco estoy segura que espero yo. No mucho en realidad. No lo suficiente como para arriesgar mi tranquilidad preguntando. No me interesa saber razones. Ahora, hoy, solo quiero pasarla bien. Si tú lo entendieras así, sería muy sencillo. Pero en tu cabeza todo funciona distinto. No entiendes de los tiempos y espacios que requiere avanzar. De lo difícil que es volver a empezar. Crees que se trata de cerrar los ojos y seguir andando. Pero no. No para mí. Yo necesito tener los ojos bien abiertos nuevamente. Yo necesito respetar mis tiempos.

Vuelve. Claro que te quiero cerca, pero no tan cerca. Claro que quiero que me acompañes, pero no me invadas. Claro que quiero que regreses, pero también, que en un tiempo, vuelvas a irte. Para extrañarte. Para escribirte otro post en el que te pida que regreses. 

martes, 28 de agosto de 2012

No debiste volver


Pensé que iba a ser el primer invierno que pasaría intacta, sin un solo episodio de esa fea situación en la que, lamentablemente, otra vez me encuentro.

El año pasado prácticamente viví en ella. Cada dos semanas, ni bien la superaba, volvía a caer. Y otra vez el encierro, las malas noches, los ánimos caídos.

Por eso, estando ya a finales de agosto, me sentí ganadora. Había vencido en esa permanente batalla mía por mantener fuera de mi vida esa maldita experiencia.

Pero después de tantos días grises, lluviosos y helados, cuando ya avizoraba la primavera tan cerca, tuviste que regresar. Tuviste que volver a atacarme justo un sábado por la noche, como quien me castiga por ese viernes de locura que apenas recuerdo.

Y hoy, dos días después, no quieres irte aún.

No me queda más que ser paciente mientras aquí, en mi oficina, voy escribiendo sobre ti, mientras observo el cerrito de papel higiénico que me he gastado sonándome la nariz en lo que va del día.

Estoy harta de estar resfriada. Harta de los estornudos, de la tos picante, del ardor en los ojos y de ese deseo avasallador de meterme en mi camita caliente antes de que llegue la noche. 

viernes, 17 de agosto de 2012

Algo parecido al amor


Te conectaste del msn de tu hermana, mi amiga. Te hablé sin saber que eras tu y, tras corregirme de inmediato, nos quedamos conversando hasta las 6 de la mañana. Me llamaste y me cantaste "una canción de amor", acompañado de tu guitarra. Salimos, nos besamos. Estuvimos. Conocí el resto de Chosica (solo conocía el club "el bosque"). Disfruté que mi novio tuviera carro. Te robaste las llaves de la casa de playa de tus padres. Jugamos como niños. Terminamos como niños también.

Te agregué del Hi5 de mi mejor amiga. Me gustaste de inmediato. Te escribí de la forma mas mandada. Te gustó mi frescura. Fuimos a café Z. Pasé mi primer 14 de febrero enamorada. Me preparaste pizzas en forma de corazón y ensaladas frescas en el verano. Me besaste en el parque del amor, me compraste mis primeras medias "con deditos". Me hiciste probar la cachina, conocer la ilusión. Me enseñaste que "el que cocina no lava" y que los negocios pueden crecer rápidamente si se les mete todo el corazón.

Me hiciste subir 5 kilos porque lo que más disfrutábamos era comer y dormir. Me diste mis primeros "empleos". Viajamos por rincones del Perú. No eras quien yo pensaba, y solo por eso, no mereces que te dedique ni una línea más.

Desde los primeros intercambios de palabras sentí que te conocía de hacía mucho. Fue muy fácil acercarnos. Muy bonito. Lástima que tenías novia. Lástima que no me importó. Me ayudaste a dejar un mal pasado, y solo por eso, mereces muchas líneas adicionales. Caminamos tardes por el malecón  y me presentaste el faro. Comimos anticuchos en una carretilla y tomamos vino barato en un parque, en vasitos de plástico. Trabajamos hasta los domingos (si, claro), nos escondimos tras cada escalera, en cada elevador. Me fui de viaje, te fuiste tu, nuestros caminos siguieron por separado.

Un amigo común nos presentó en "El Dragón". Bailaste salsa conmigo esa noche. Perdimos contacto un tiempo, lo retomamos vía facebook en el verano. Planeamos una maratón de películas: cada domingo se volvió una tarde de películas. Te odié un par de veces, cuando el alcohol te hacía fallarme. Me besaste por primera vez en mi casa, mientras peleábamos (para variar), volviendo de Sargento. Aceptaste tu amor por e-mail, acepté el mío por teléfono. Lo que siguió fueron muchas películas (en las que siempre nos quedábamos dormidos), muchos viajes, muchas conversas, muchos chilcanos, muchos besos. Terminar contigo me enseñó que no solo es duro separarse de una persona, sino también de una familia que se había ganado mi corazón.

domingo, 15 de julio de 2012

Crónica de mi Viaje a Marrackech – Parte Final


Apenas terminé de comer me dirigí a mi alojamiento para descansar. Eran apenas las 8pm, pero además del cansancio acumulado del día, la verdad era que no había absolutamente nada más que hacer. Al menos no en la Medina, pues días después me enteré que en el lado moderno de la ciudad todo era distinto: pubs, discotecas, cines, etc.  Lástima que, estando sola, no se me dio muy bien eso de explorar más zonas desconocidas.

Al día siguiente amanecí contentísima. Sabía que ese día no tendría experiencias desagradables y no que equivoqué: fue el mejor día de mi viaje.

Había contratado – por 50 euros – un tour full day a las montañas, que incluían mi anhelado paseo a camello. Salimos temprano por la mañana, y por el miedo a quedarme dormida terminé estando lista 1 hora antes de la partida debido a que había olvidado que Marrackech tenía una hora de retraso con relación a Madrid. Y nuevamente, por miedo a quedarme dormida, en vez de regresar a dormir a mi camita, me despanzurré en un sofá de la salita de mi Riad.


A las 9am en punto partimos en grupo – unas 10 personas entre alemanes, canadienses, españoles y yo – a las montañas. La primera parada fue una pequeña casita de adobe (o algo similar) donde habitaba una familia común de Marrackech. En ella, nos prepararon un desayuno delicioso: té de menta (con una divertida introducción a su forma de preparación), pan recién horneado, mantequilla, aceite de oliva y miel.






Una peculiaridad: los panes los cocinan grandotes, del tamaño de la base de una pizza grande, y luego lo sirven en trocitos cortados con las propias manos. Luego, cada persona va tomando los trocitos y remojándolos en aceite de oliva y miel o untándolos con la mantequilla. Una delicia.


La segunda parada fue el lugar donde me enamoré a primera vista de un camello. Entre todos era el que tenía el rostro más dulce, la mirada más tierna. Lo elegí de inmediato y me monté en él. Para ello, tuve que subirme por una escalera: sí, así de altos eran estos benditos animales, con las patas flaquitas, pero un tórax robusto, y no puedo negar que sentí mucho vértigo al subir. Tanto, que por unos segundos dudé en dar el paseo. Felizmente lo hice, porque fue una experiencia inolvidable.





Minutos después, y antes de empezar la caminata por las montañas, hice mi primera negociación en inglés. Me habían dicho que si a un comerciante marroquí no le pedía una rebaja y no discutía con él largo rato antes de pagarle el precio que me propondría, le arruinaría el día, pues lo haría pensar que hizo un mal negocio. Por ello, discutí unos 15 minutos antes de lograr pagar 45 dirhams (4.5 euros) en vez de los 100 (10 euros) que me pidió en un inicio. Negocio redondo. Y en inglés!.

La caminata fue fabulosa. Los paisajes muy bonitos, aunque nada que no hubiera visto en el Perú. Nada comparado con Huancaya, por ejemplo. Pero no por ello dejé de disfrutar bañarme en la catarata, tomarme fotos sola y en grupo y hasta grabar un video de mi alrededor. Parte anecdótica: un vendedor de collares me ofreció un collar a cambio de un beso y/o que me case con su hijo (luego de preguntarme donde estaba mi esposo e indignarse porque a mis 23 años era aún soltera).




La parte final fue el almuerzo típico. Mentiría si les digo que recuerdo los nombres de cada uno de los platillos que nos sirvieron, pero lo que si recuerdo es que cada uno de ellos era delicioso. Todos consistían más o menos en guisos de carne o pollo con verduras y muchos condimentos que hicieron las delicias de mi paladar. De paso, aprovechamos para tener una bonita tertulia entre extranjeros en una acogedora terraza en pleno atardecer.


Como les dije, no hubieron mayores contratiempo en este día. Quizás por ello, no pudo ser mejor broche de oro para cerrar este viaje que siempre recordaré y agradeceré.

miércoles, 4 de julio de 2012

Crónica de mi viaje a Marrackech - Parte 2


Me levanté con un hambre voraz luego de mis 4 horas de sueño, pero sobretodo, con unas ansias terribles de salir a pasear por la ciudad.

Lo primero que hice fue ir en busca de aquella punta que había visto a lo lejos, apenas bajé del bus que me transportó desde el aeropuerto. Era sin duda el edificio más alto de la ciudad, y yo quería llegar a él.


Sin embargo, las 8 cuadras aproximadamente que me separaban de mi destino, no fueron fáciles de recorrer. Jamás imaginé, por ejemplo, que me iba a chocar un burro por la espalda (sí, uno de 4 patas y pelo gris), pues transitaba por la misma vía que yo, de la forma más natural, casi casi pidiendo permiso para pasarme.

Aunque los burros no lograron intimidarme tanto como los carros. A éstos últimos tenía, literalmente, que torearlos, pues se confundían con las personas en las vías sin ningún orden. Recuerdo siempre haber pensado que los choferes en el Perú no respetan a los peatones, que las calles son un desorden total. Pues me retracto: al lado de los choferes y las calles marroquíes, andar por el Perú en bicicleta y con una venda en los ojos resultaría ser una experiencia 100% segura.

Cuando finalmente llegué a mi destino, al fin me sentí a salvo. Ese edificio que había visto a lo lejos era parte de la mezquita más importante de Marrackech, la mezquita Kutubia. Sin embargo, no me duró mucho la emoción pues – tonta yo por no pensarlo antes – el ingreso a la misma estaba prohibido para los no musulmanes, ya que se utilizaba como centro de culto.


Pero como preguntando se llega a Roma, cerquita nomás estaba el Palacio Bahía, lugar en el que, por solo 10 dirhams (aproximadamente 1 euro), pude disfrutar de un largo paseo entre los amplios pasadizos de esta construcción que resultó ser toda una joya arquitectónica. ¿Lo mejor? Las divertidas habitaciones en las que me sentí rizitos de oro visitando la casa / la cama / el comedor del oso papá. Para quienes no estén familiarizados con los cuentos, las fotos de abajo dejarán claro el tema.





Saliendo del Palacio Bahía, decidí ir en busca de mi almuerzo, siendo ya casi las 4pm. Pensaba comer algo muy típico, pues me habían dicho que la comida marroquí era bastante buena. Sin embargo, media hora más tarde, este fue mi almuerzo:


No, no fue porque me dio un repentino deseo de consumir grasa, sino porque tuve una inminente necesidad de refugiarme en un espacio internacional. De sentirme un poquito menos lejos.

Y ese sentimiento extraño tampoco fue gratuito. Acababa de experimentar una sensación de asfixia, de acoso involuntario, de encierro. Me habían advertido que los comerciantes marroquís podían ser molestos con su insistencia por vender mercadería, pero de ahí a que me jalen, me tomen la mano y no la suelten y me sigan cuadras enteras convenciéndome  de tomar té de menta en sus casas en todos los idiomas (sí, si no les contestas en español te hablan en inglés, y si no en francés, y seguro en otros idiomas más, pero yo no supe identificarlos), fue demasiado. Sentí miedo y ver un Kentucky Fried Chicken, por alguna razón que aún hoy no me queda clara, fue mi alivio.

Terminando de comer vi que comenzaba a oscurecer, y si bien mi primer impulso fue regresar a mi riad de inmediato, decidí finalmente ir en busca de un amigo mexicano que me había dicho que llegaba ese día y que se alojaría en un riad cercano al mío. Lamentablemente, el laberinto de calles sin ninguna señalización me jugó una nueva mala pasada y terminé cometiendo el error de pedirle a un niño – de unos 7 años – que me guiara a la dirección que tenía apuntada en la palma de mi mano.

Al único lugar al que me llevó ese pequeño desgraciado fue la tienda de un tío suyo, con el único propósito de que, una vez ahí y ante la insistencia/acoso/asfixia por parte de los vendedores, de las cuales ya les hablé líneas arriba, optara por comprar alguna mercancía de la tienda. Pero necia yo, no compré nada y salí disparada huyendo rumbo a mi riad.

Afortunadamente, al pasar por la plaza Jamaa el Fna no pude evitar olvidar todo el temor que había sentido y terminé perdiéndome entre los puestitos de comida ambulante, tan llenos de luces y aromas exquisitos. Mi corazón dejó de latir a mil por hora y me senté en una carretilla, calmadísima, exactamente en el centro de la plaza, a comer una especie de empanada muy crocante con pollo, verduras y muchos condimentos, y a observar el movimiento, observar a Marrackech en todo su esplendor.




domingo, 24 de junio de 2012

Crónica de mi viaje a Marrackech - Parte 1

Nunca pensé estar en África. Menos aún a los 23 años. Pero como parte de esas decisiones que se toman en un segundo, sin pensarlo mucho (nada), terminé visitando Marrackech,  ubicada al sur de Marruecos, y  considerada una de las ciudades más importantes de ese país.

Y nuevamente por azahares del destino – y por harta necedad de mi parte que hizo caso omiso a las varias personas que me aconsejaron no hacerlo – terminé viajando sola a esta ciudad predominantemente musulmana, donde las mujeres marroquís andan con los rostros cubiertos y donde las mujeres extranjeras son vistas como “fáciles y accesibles”.

Decidida a no dejarme influenciar por lo que me decían, investigué lo que pude, armé una maleta pequeña con la ropa más recatada posible considerando el calor africano, y me aventuré a conocer, desde cero, sin prejuicios, este lugar que a mis ojos era recóndito y misterioso.


Llegue a Marrackech un jueves, y fiel a mis investigaciones tomé un ómnibus en la puerta del aeropuerto esperando bajarme en la plaza / mercado tradicional más grande del país, el Djemaa el Fna. Toda la zona vieja de Marrackech, denominada “la medina” gira alrededor de esta plaza: todos los lados, menos uno, están rodeados de zocos, que son mercadillos al aire libre donde se practica la principal actividad de la ciudad: el comercio.





Pero los zocos son solo un detalle dentro de todo lo que ocurre en la plaza Djemaa el Fna: allí, en las noches, todo se llena de puestos de venta de comida al paso (deliciosa y muy cómoda), de mujeres que quieren leerte las manos, de hombres que encantan serpientes con una flauta, de cuenta cuentos, de bailarines, de músicos. Todo un espectáculo encantador, tan distinto a cualquier lugar en el que haya estado antes.

      

Pero cuando el mercadito se apaga, la medina puede ser escalofriante. No hay una sola luz en las calles, y los pobladores de la ciudad, si bien inofensivos, pueden llegar a ser terriblemente molestos si eres una mujer andando sola.

Y así me lo advirtió el dueño del riad donde me alojé. Los riads son los alojamientos típicos de la ciudad, casas tradicionales con un patio en el medio y habitaciones alrededor de éste. Suelen tener varias plantas y una terraza en la azotea. Están ubicados en la zona de la medina, y se dice que es en ellos en donde los viajeros podemos realmente respirar la cultura marroquí. Y si bien en internet leí que era más seguro alojarse en la zona moderna, con alojamientos tipo hoteles de cualquier ciudad, leí también que eran los riads la opción correcta si quería sentirme como en cuento, de regreso en el tiempo.  Y por eso los elegí.


Afortunadamente, tras 1 hora de caminata intentando encontrar la dirección de mi Riad en el entramado de callejuelas desordenadas que componen la medina, me recibió un hombre amable y acogedor, quien me sirvió un delicioso té de menta a mi llegada (peculiarmente servido desde lo alto, para que se formen las burbujas en el vaso) y quien me explicó también en un mapa como llegar a los lugares que no debía dejar de visitar, a la par que me hacía todas las recomendaciones y advertencias necesarias para poder disfrutar plenamente mi estadía.  Además, y en un gesto que nunca olvido, frente a mi pregunta por un lugar de fácil acceso en el que pudiera conseguir algo rápido de comer, su respuesta fue inmediata: “the kitchen”. Me ofreció un desayuno típico y gratis: pan horneado en fogones, mantequilla y miel. Delicioso.
















Recuerdo que eran las 10am, y como la noche anterior no había dormido pues mi vuelo partió de Madrid rumbo a Marrackech a las 5:30am, lo primero que visité fue mi cuarto – por el que pagué 9 euros la noche, compartido con otras 3 personas -  para tomar una siesta de casi 4 horas.


Al levantarme sonriente, pensando en la pequeña aventura que acababa de tener buscando mi Riad, no sabía aún que faltaban muchas otras pequeñas aventuras en mi prima visita al continente africano.


miércoles, 20 de junio de 2012

Reflexiones sobre los horarios laborales



Que maravilloso sería trabajar solo tres días a la semana. Maravilloso salir de casa a las 7am y volver a las 10pm esos tres días. Maravilloso que yo trabaje los lunes, miércoles y viernes, y que mi mamá/hermana/esposo trabajen martes, jueves y sábado.

Ni que decir de lo increíble que me resulta pensar en que, al hacer en 3 días todo el trabajo que hago hoy en cinco días, tendré más presión, más estrés, mas amanecidas para estar al día. Tendré además tres buenos días sin desayuno y tres buenas noches sin un beso reparador.

Recibiré un menor sueldo, a pesar de que trabajaré – aunque no formalmente – la misma cantidad de horas. Pero eso no importa: tener cuatro días a la semana libres bien lo valen. Como no agradecer tener cuatro días que se volverán más cortos cuando me acostumbre a levantarme al medio día, pues no tengo que llegar al trabajo.

Gracias señor Carlos Slim por abrir la puerta a la opción de que haya mayores puestos de trabajo, aunque peor pagados.

Dejando el sarcasmo de lado, creo que la propuesta del Sr. Slim no es del todo jalada de los pelos. Tener cuatro días libres a la semana me permitiría, por ejemplo, escribir una novela. Si tuviera hijos, me permitirían pasar más tiempo con ellos. Podría tener más hobbys, ver más películas, leer más libros, aprender a cocinar.

Sin embargo, creo que el tema no es tan simple. Me pregunto cuantas personas harán algo productivo con sus cuatro nuevos días libres. Y al decir productivo, no me refiero obviamente a conseguir un nuevo empleo, pues la propuesta perdería todo sentido. Me refiero más bien a nutrirse como personas. A crecer. A hacer todo aquello que hoy no hacemos, y de lo cual le echamos la culpa – tan sueltos de huesos – a la falta de tiempo.

Me ha pasado – y creo que a todos – que los días de vacaciones son los más improductivos de todos. Tenemos hasta nuestra lista de todo lo que haremos en esos maravillosos días en los cuales tendremos “tanto tiempo libre” para ponernos al día con los pagos, con las visitas a las amigas, con la limpieza de la casa, con la peluquería. Pero pocos días nos toma darnos cuenta que lo único que gana horas es el sueño y la televisión.

Los días se vuelven más cortos, aceptémoslo. Nuestro cerebro se vuelve más lento, más flojo. ¿Por qué creen que mientras trabajan se acuerdan de las mil y una cosas que tienen pendientes por hacer, y cuando llegan a casa o tienen un día libre o llega el fin de semana, dormir o quedarse en pijama todo el día parece volverse más importante?.

No voy a meter a todos en el mismo saco. Seguro que hay personas que se levantan a las 7am tengan o no que ir a trabajar y van al banco a hacer pagos y visitan a sus amigas y limpian su casa y se hacen la permanente en el cabello en sus días de vacaciones. Pero no creo que sea el caso de la mayoría.

El trabajo nos ocupa, nos da sentido, nos plantea retos, nos encamina. Nos da un motivo, aunque no sea el único.
Recuerdo justo que en un curso de política económica que llevé en mi breve paso por Madrid, nos pasamos 4 horas enteras analizando como el desempleo que azotaba (y azota) España había tenido como principal efecto colateral la depresión (en el sentido clínico del término) de los desempleados. Y es indispensable precisar, para entender la idea, que el gobierno español otorga una pensión por desempleo: si, plata sin chamba. No, eso no basta.

El Sr. Slim sustentaba su propuesta señalando que la finalidad de tal idea, además de generar más puestos de trabajo, era “tener libres otros cuatro días y dedicarlos a la familia, a innovar, cultivarse o a crear”.

Suena genial, pero no creo que sea el camino correcto. El trabajo se vuelve una rutina y la rutina nos da disciplina. Si trabajara solo tres días a la semana, estoy segura que los otros cuatro se volverían igualmente dos, descontando todo el tiempo que perdería haciendo NADA.

En cambio, me gustaría proponer una variable. ¿No sería genial enfocar nuestra atención en que las jornadas laborales sean de 8 horas – sí, en la realidad y no solo en la teoría – para que cada día, además de tener la motivación y la disciplina que significa el trabajo, tengamos horas para dedicar a “la familia, a innovar, cultivarse o crear”?.

Con ello, los días seguirían empezando temprano (y por ende serían más productivos), no trabajaríamos hasta quedar exhaustos física y mentalmente tras 10 o 12 horas de trabajo (como ahora) y en consecuencia, podríamos llegar a casa con ánimos de compartir, de escribir, de leer, de hacer ejercicios, y no solo de dormir.

lunes, 28 de mayo de 2012

La intolerancia de exigir tolerancia



Tengo un amigo, que más bien es solo pata, que hace un tiempo aceptó libre y públicamente que es homosexual. Voy a llamarlo Paco. Y si me permito hablar tan libremente del tema de Paco por este medio público, es justamente porque sus tan expresivas formas de hacer permanentemente pública su vida de pareja, son las que motivaron este post.

Hace unos días conversaba con otro amigo vía skype (o algo similar), y le comenté – algo avergonzada incluso – que me incomodaban cada vez más ciertos comentarios, a mi parecer excesivamente cariñosos/melosos/generadores de diabetes casi, que le hacía Paco a su enamorado. E hice la siguiente acotación posterior: dime intolerante o lo que quieras, pero esa es la verdad.

No me malentiendan: cuando Paco me contó directamente sobre sus preferencias sexuales, me pareció absolutamente normal. Incluso genial que lo aceptara tan tranquilamente en un país tan conservador como el nuestro y fuera feliz con esa realidad. Lindo chico, por cierto.

Sin embargo, si bien ya no tengo mayor contacto con él, cada día, a cada momento, me encuentro en mi muro con status tan cursis que bordean el ridículo. Tan cursis que he llegado a pensar que no son otra cosa que una forma caleta (aunque muy consciente) de llamar la atención, de dar que hablar. Y yo ya no lo soporto. Tan es así, que ya eliminé la posibilidad de que cualquier publicación que haga Paco aparezca en mi muro.

No, mí querido amigo/pata/conocido. No me jode que seas homosexual. Me jode tu terrible necesidad de hacer una especie de circo de ello. Y sí, me adelanto a responder. También me jode cuando parejas heterosexuales convierten sus sentimientos en algo tan rutinario y trivial que deja de importar que todo el universo facebookiano sea espectadora en primera fila de esas emociones. Pero si pues, y no pido perdón por pensarlo, me jode un poco más en el caso de que sean dos hombre los emisores/receptores de los mensajes. Falta de costumbre, imagino. Pero si yo respeto su opción, no siendo capaz jamás de señalar con el dedo a nadie, ¿ por qué no respetan ellos la mía de no querer enterarme de lo que ocurre en su vida privada?.

Voy a volver al planteamiento que sugiere el título de esta entrada, porque ya me estoy perdiendo un poco. Como decía, le comenté a mi otro amigo vía skype sobre esta incomodidad que tan exhaustivamente ya describí por aquí. Y su respuesta fue absolutamente esclarecedora.

Dicho en palabras simples: en nombre de la tolerancia, se me está obligando a ser tolerante, en los términos que esa gente tan (poco) tolerante, define la tolerancia.  

Para mí, ser tolerante es aceptar, respetar y no discriminar a Paco, de ninguna forma, por su opción sexual. Es verlo de igual a igual. Es entender que esa diferencia, no hace realmente ninguna. Pero no significa en absoluto que yo deba sentirme cómoda leyendo cuanto ama a su bebito hermoso, ni cuanto extraña a su corazoncito de melocotón.  Y ello no me vuelve intolerante.

Todo lo contrario: quienes sean capaces de señalarme como intolerante por haber eliminado las publicaciones de Paco de mi muro, no están respetando mi propia opción. Me están obligando. Me están imponiendo un único punto de vista: el ser tolerante.

Y en nombre de la tolerancia, justamente, debería yo tener derecho a no serlo.

martes, 22 de mayo de 2012

Los amigos que perdí


Las diferencias económicas. La popularidad de una de ellas. Los gustos distintos. La otra niña celosa. El chisme malintencionado. La malicia escondida. La inocencia tergiversada.  El polo con el angelito blanco. El diario que leí a escondidas. La profesora de matemáticas confidente. El dicho, tan cierto, de que dios las crea y ellas se juntan.

El mejor amigo de primaria. Las risas permanentes. El exceso de expresividad. Los primeros abrazos. Las primeras nuevas sensaciones. El primer amor infantil. La amistad malinterpretada. El bus a Lunahuaná. El llanto de regreso. El apodo tan bien ganado.

El mejor amigo de secundaria. Las jaladas al paradero. Las largas horas en el teléfono. Los consejos para conquistar a su primer amor. Las miradas cómplices. Los juegos de manos. El desmayo en las escaleras. La mandíbula rota. Su apoyo incondicional. La fiesta de pre y la fiesta de prom. Los partidos de fútbol. Los entrenamientos de vóley. Las cartitas llenas de colores. Los chismes en media clase. Las botadas del salón. Las malas interpretaciones. El corte inminente.

La antipatía inicial. La ropa de niña fresa. El acercamiento involuntario. Sus problemas familiares. Mi sensibilidad natural. La amistad incipiente. Los alcahueteos para verLO. La confianza creciente. Los divertidos recreos en el patio. El viaje a Estados Unidos. El adiós que no fue.

Los primeros días en la universidad. Mi poca sociabilidad. Su sonrisa dulce. Mi apariencia de chica superada. Su facilidad para leer a las personas. Nuestra obvia inteligencia. Los trabajos en grupo. Las tardes en su depa. Su hermano mayor. La atracción inmediata. El resultado temido. Mi cambio de carrera. Su cambio de universidad.

El nuevo trabajo. El miedo a no encajar. Su rostro tan gracioso. Mi risa descontrolada. Su compañía permanente. Los expedientes interminables. Las horas de almuerzo anheladas. Los paseos por el malecón. Los besos robados. Los otros planeados. La indecisión macabra. El miedo a perder. La beca salvadora. Mi viaje a Madrid. El suyo a buenos aires. El reencuentro esperado. El árbol de navidad. Esa película italiana en el suelo de mi sala de estar.

La indiferencia inicial. La casualidad del amigo en común. El invierno de 2010. Las noches de sargento.  Las botellas de wiski que vaciamos.  Las tertulias de las tardes. Los bailes en su sala. Sus estudios para el título. El éxito final. El distanciamiento inconsciente. El reclamo posterior. El malentendido por nextel. Su lamentable decisión.

Los años de periodismo. Las noches de estudios en mi casa. El café y los chocolates. El cambio de carrera. Su graduación. La mía. Los encuentros esporádicos. La genialidad de esos encuentros. La noche del cumpleaños. El polo prestado. Mi premura por su devolución. Su indiferencia a mis pedidos. La entrega furiosa.   El mutuo resentimiento.

domingo, 13 de mayo de 2012

Ok, boss.


Hace mucho tiempo que tenía pendiente este post porque, sin ninguna duda, mi jefe ya se merece uno. Se lo debo. Se lo ha ganado.

No sé cómo lo describiría: físicamente es gordo, feo, viejo, y siempre anda con el ceño fruncido, de mal humor. Más o menos como el padre de Homero Simpson.



Emocionalmente, su personalidad, su filosofía de vida, es todo un tema del que se podría discutir por horas.
Trabajar para mi jefe es tener 10 horas de estrés al día, las cuales se inician desde el minuto en que piso la alfombra de esa oficina a las 9 de la mañana, aproximadamente. Se interrumpe por una gratificante hora en la que salgo a comer algo, tomar una bebida, o simplemente respirar un poco de aire no contaminado de estrés. De regreso, a las 2 de la tarde más o menos, nuevamente mi cuerpo se tensa, mis nervios se escabullen, mi tranquilidad huye despavorida y no regresa hasta un poco después de las 7 de la noche, hora en la que, sintiéndome cual sobreviviente, emprendo el regreso a casa.

Al día siguiente, la historia se repite, con mínimas variaciones de intensidad.

Lo peculiar de todo esto es que, aparentemente, todo es cuestión de costumbre. Creo que podría decir, sin miedo a equivocarme, que el estrés / nervios / ansiedad / ataques de pánico cuando ese hombre pisa la oficina, que cada miembro del estudio de abogados donde trabajo siente, es inversamente proporcional al tiempo que lleva trabajando para él: a las secretarias, a quienes les prendería una vela en un altar, con sus alrededor de 30 años en esa oficina, ya no se les mueve un solo pelo ante su presencia. A mí, con menos de tres meses ahí, se me escarapela la piel con solo verlo, aun que lo disimulo bien gracias a mi carácter tan rebelde y orgulloso (y a que estoy bañada en aceite, claro).

Recuerdo que cuando comencé a trabajar ahí, a inicios de marzo de este año, me divertía contándole a todo el mundo respecto a lo que para mí eran, aún, graciosas anécdotas: que habla hasta por los codos y no nos deja avanzar, que repite todo cinco veces, que se confunde de nombres, que nos da charlas de una hora respecto a la diferencia entre decir sino y si no o entre indeed e in fact. (si no las saben, pregúntenme! Les explicaré feliz! Jaja).

Pero a la par que mi enamorado sonreía creyendo que mis historias eran parte de mi natural forma de exagerarlo todo, yo me iba convenciendo de que ese hombre no era un simple viejito renegón: resultó ser un hombre atormentado por fantasmas, con delirio de persecución, con una necesidad de atención y reconocimiento sobresaliente y con una capacidad para pelearse hasta con la misma Madre Teresa de Calcuta. Todo un caso de estudio clínico, para decirlo de otra manera.

Por eso, desde entonces, he tratado de ser más cauta. Hacer mi trabajo y, en la medida de lo posible, darle siempre por su lado.

Sin embargo, me parece irónico decir eso ahora, en la medida que la semana pasada, justamente, discutí con él (o mejor dicho, el discutió conmigo) y no pude quedarme callada y ante sus cuestionamientos agresivos, obtuvo respuestas similares. Y sé que por ello ahora él está menos feliz conmigo que con nadie, pero no me arrepiento. Hice y dije lo que tenía que hacer y decir.

Y bueno, como todas, esta semana será para mí otra incógnita. Por lo pronto, me doy por bien servida con todo lo que puedo absorber de conocimientos en el día a día, que dicho sea de paso, no es poco. Porque si bien mi jefe está loco, es la primera vez que siento que me gusta el trabajo que hago. Así que, aunque me cueste reconocerlo, tengo que aceptar que mientras él no se raye y me bote de la oficina, yo seguiré ahí, aprendiendo, fiel al castigo.