Pensé que iba a ser el primer invierno que pasaría intacta, sin un solo
episodio de esa fea situación en la que, lamentablemente, otra vez me
encuentro.
El año pasado prácticamente viví en ella. Cada dos semanas, ni bien la
superaba, volvía a caer. Y otra vez el encierro, las malas noches, los ánimos
caídos.
Por eso, estando ya a finales de agosto, me sentí ganadora. Había
vencido en esa permanente batalla mía por mantener fuera de mi vida esa maldita
experiencia.
Pero después de tantos días grises, lluviosos y helados, cuando ya avizoraba
la primavera tan cerca, tuviste que regresar. Tuviste que volver a atacarme
justo un sábado por la noche, como quien me castiga por ese viernes de locura
que apenas recuerdo.
Y hoy, dos días después, no quieres irte aún.
No me queda más que ser paciente mientras aquí, en mi oficina, voy
escribiendo sobre ti, mientras observo el cerrito de papel higiénico que me he
gastado sonándome la nariz en lo que va del día.
Estoy harta de estar resfriada. Harta de los estornudos, de la tos
picante, del ardor en los ojos y de ese deseo avasallador de meterme en mi
camita caliente antes de que llegue la noche.
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