martes, 27 de diciembre de 2011

MENSAJE DE AÑO NUEVO

Mañana me voy a la playa hasta el 2012, así que voy a adelantar este mensaje, que debería llegar a ustedes el mismo 31 de diciembre. Quizás alguien lo lea justo ese día. Ojalá.

Como para la mayoría, en este 2011 yo tuve un poquito de todo. De lo bueno, de lo malo, de lo perfecto, de lo peor. Felizmente para ustedes, no pienso hacer un recuento de cada situación, si no simplemente decir que mi balance siempre va a ser positivo. No porque necesariamente me hayan pasado más cosas buenas que malas (aunque este año en particular, sí fue así), si no porque mi memoria es bastante selectiva, y a mi memoria siempre llega, veloz, todo lo que me hizo sonreír.

Si hay algo que rescato de este año, son los amigos que perdí. No porque me haga feliz perder amigos, sino porque ese hecho me hizo tomar conciencia real del papel fugaz que tienen la mayoría de personas en nuestras vidas, incluso las mejores personas, que no por irse de nuestro lado pierden un ápice de ese valor. No lo escribo como reproche, si no todo lo contrario: el saberlo me hace valorar infinitamente más a las personas que aún no pierdo. Tan pocas cuantitativamente hablando; tantas cualitativamente.

Por eso, mi primer saludo va para las únicas personas que probablemente tendrán una relación conmigo "hasta que la muerte nos separe": mi familia. Con ustedes no hay plazo ni condición. No importa si peleamos a diario, si revelamos todos nuestros defectos en su máxima expresión. No importa si este año ha sido el más difícil para nosotros, si algunos lazos parecen haberse quebrado. Solo importa que nos amamos, sin mayor razón que esa.  Lo mejor para ustedes este 2012, lo mejor para nuestro hogar.

Luego, quiero saludar a los pocos tantos que llevan ya un récord de presencia nada desdeñable. Dos décadas de conocernos, demasiadas anécdotas en la carrera. Con altos y bajos, alejamientos y acercamientos, pero siempre volviendo a lo que fuimos. Para ustedes mi eterna gratitud por su permanente presencia, por todo lo que me han enseñado en tantos años. Y todo mi amor. Si mañana no volviera a verlos, igual seguirían siendo "los amigos del cole", los de siempre.

Un saludo también a mis amigas comunicadoras (en las que incluyo a otra desertora como yo que terminó siendo profesora de educación inicial. Como no, si llevas un ángel dentro). Es a ustedes a quienes me refiero cuando pienso en "mis amigas de la universidad". Las que se amanecieron conmigo, las que presenciaron mi cambio de carrera, las que no permiten que pierda la conexión con ese mundo que aún amo. Las que hicieron conmigo los campamentos en el jardín. Prometo que en el 2012 tendremos muchos días de piscina, lonchecitos, tertulias largas.

Mis amigos "abogados" no son muchos y solo uno de ellos es de la UPC. Nos conocemos hace pocos años, pero los quiero mucho más que eso. Uno de ellos se fue a buenos aires a seguir su camino (o a encontrarlo). Otro lo encuentra cada día leyendo filosofía.  Un tercero se convenció de que odia el derecho. Con ustedes he vivido algunos de los momentos más maravillosos de los últimos años y me han enriquecido infinitamente en nuestras larga conversaciones para el recuerdo. Y así seguirá siendo este 2012.

En Madrid conocí 3 buenos amigos, de esos "que duran". La convivencia fue fácil gracias a ustedes. Volver a Lima se hizo algo difícil, también gracias a ustedes. Reímos, lloramos, extrañamos y disfrutamos juntos. Maduramos. Gracias por tanta buena voluntad para entendernos. Por ser esa familia temporal que todos necesitamos cuando estamos lejos de casa. Este 2012, propongo que viajemos juntos, a cualquier parte.

Y me quedan cortas las palabras para agradecer por los amigos que me regaló este 2011. Jugando Vóley, en mi nuevo trabajo, en los hermanos de mi novio, en la novia de mi hermano (tu no eres de este año, pero no iba a hacerte un párrafo aparte jajaja). Gracias por recordarme que siempre hay espacio para nuevas personas, que el corazón siempre puede hacerse más grande. Gracias por haber empezado a ser parte de mi vida. 

Y por último, aunque no por eso menos importante, gracias a mi novio por haber aparecido así, sin mayor aviso, para llenarme de aún mayor felicidad. Sabemos que no ha sido fácil, y quizás justo por eso hoy nos valoramos de esta forma. Compartir mis días contigo no tiene precio mi amor. Lo mejor para ti, lo mejor para nosotros este 2012.

Feliz Año Nuevo. 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Confieso que sueño

Cuando era niña – adolescente siempre quise ser escritora. Recuerdo jugar en el colegio y decirle a todos mis compañeritos del salón que sería famosa, que ellos leerían mis libros, que sus hijos y nietos estudiarían mi nombre en sus cursos de literatura. Ganaba concursitos simples a nivel escolar, puros premios, a mis ojos, mediocres.

Terminé el colegio en el 20003. Estaba feliz, pero insegura. Periodismo o derecho era el dilema. Todos en casa querían que sea derecho. Es una carrera más seria, pagan mejor, es más gratificante, decían. Decidí entonces estudiar periodismo. Rebeldía pura. Dar la contra. Necedad. Eso es tener 16 años, pues.

Comenzaron las clases. Disfrutaba los primeros cursos, las nuevas personas. Los amigos que hoy siguen siendo “los amigos de la universidad” (los de derecho, nunca fueron mis amigos). Él me presionaba para que trabaje, para enseñarme su propio oficio. Quería mano de obra barata probablemente. Comencé a editar textos para libros universitarios, a diagramar dibujos de cuentos para niños, a diseñar mis primeros volantes. Comencé a disfrutar eso de trabajar, mucho más que estar en la universidad.

Paralelamente, no ganaba los concursos de creación literaria (Juegos Florales) de la UPC. Mandaba mis cuentos, ilusionada, y nada. Tiré un poco la toalla. Y digo un poco, porque nunca podré realmente dejar de escribir, a pesar de que me haya alejado de esa idea tan arraigada que tenía de ser escritora, de vivir y morir escribiendo.

Y en simultáneo también, de alguna extraña forma, comencé a dudar de mi vocación periodística. Quizás porque me acerqué al periodismo pensando ingenuamente que estudiar periodismo me volvería una mejor escritora. Hoy me río de esa creencia tan inocente. Con ello, sentía que el periodismo ya no me llenaba, que no era para mí. Y como es la vida de pendeja, que justo me tocó llevar, en medio de esa reciente incertidumbre, el curso de Televisión con Jaime Chincha.

Lo odié. Estuve segura que no quería eso para mí. Que trabajar en medios noticiosos era algo que no me hacía feliz en absoluto. Es que era lógico. Yo estudiaba periodismo porque quería ser escritora.

Me cambié de carrera, a derecho. No pensé demasiado y solo recordé que siempre había sido mi segunda opción. Un poco a ciegas y sin esforzarme demasiado, terminé la carrera con un promedio envidiable, pero sin un trabajo que llenara mis expectativas. Mis prácticas pre profesionales fueron una sucesión de errores y pasé de una a otra intentando encontrar mi lugar, obligándome a sentir algo de esa pasión con la que otros más afortunados viven su carrera.

Hace poco conocí la oficina de mi amiga periodista. Tan alegre, tan colorida, tan vanguardista. Tan distinta a mi oficina, a todas las oficinas de abogados. La vi trabajar y la envidié. Y la escuché decirme lo q siempre temí que alguien me dijera: no debiste cambiarte de carrera. Efectivamente. Debí explorar más, ver más allá de un curso de televisión. Saber que las comunicaciones no se limitan a medios noticiosos. Está el diseño gráfico, la fotografía, los temas de imagen corporativa. 

Y ayer visité a mi amiga del colegio, que vivió conmigo todo este cambio. Toda esta vida, en realidad. Y me dijo que ella sí ve en mí una abogada, solo que una con algo de miedo. Y me dijo también que mis otros intereses deben quedar como pasatiempos, hobbies, entretenciones.

 Ahora entonces tengo a dos amigas cercanas que tienen opiniones opuestas respecto a mi problema. Un novio que ve en mí también más a una comunicadora, aunque no por eso deja de ver a una abogada. Unos padres que hoy entienden que mis diversos intereses no son excluyentes entre sí. Y yo, con las mismas inseguridades de hace tantos años respecto a lo que será mi futuro, sólo que ahora con los tiempos encima que me obligan a enfrentarlas de una buena vez.

Por lo pronto, se que con tantos intereses, sería negligente tener que dedicarme solo a uno. Quiero diseñar, quiero tomar fotos, quiero escribir. Quiero, también de vez en cuando, discutir temas de derecho, rebuscar en casos controversiales, meter mi cuchara con mis recomendaciones legales. Felizmente, tengo tanta suerte, que puedo darme el lujo de buscar, de no tener que abandonar ninguno de esos intereses. Felizmente.

Lo que si, debo confesar que más seguido de lo que quisiera, me descubro soñando, imaginando como sería mi vida hoy si no me hubiera cambiado de carrera hace 5 años. No niego que algunas de esas imágenes me gustan, me encantan. Pero hay otras que no soporto. Y son las imágenes en las que no viajo a estudiar a Europa, en las que no conozco a algunos buenos amigos que hice en mis trabajos anteriores como practicante de derecho y sobretodo, aquellas en la que no conozco a toda la cadena de personas que me llevaron a ti. Por eso, y me parece razón más que suficiente, no me arrepiento ni por un solo segundo de esa decisión que tomé. Simplemente, ahora voy a dedicarme a remediar aquello que no salió como esperaba, pero con la seguridad que me da la sonrisa que hoy llevo tatuada en el rostro. 

martes, 15 de noviembre de 2011

Nadie sabe lo de nadie



Hoy entré a Starbucks con un buen amigo a tomar un café post almuerzo. La idea era comprar e irnos. Pero fue imposible que no llamara nuestra atención la presencia de una pareja, ella sentada sobre él, un tanto fuera de lo convencional: él, un hombre por demás arriba de los 50 años; ella, con esfuerzo debía pasar la mayoría de edad.

Muy cauta yo, ante la cara “indignada” de mi acompañante que se rasgaba las vestiduras señalando lo alarmante de una relación con semejante diferencia de edad de por medio, me atreví a sugerir que, quizás, se trataba de una adolescente con su papá en un momento de afecto familiar. Finalmente, yo también me he sentado en las rodillas de mi papi, más de una vez, cuando ya no era una niña.

De más está decir que mi amigo se rió de mí y me acusó de estarme haciendo la sana. Y no conforme con afirmar a priori que se trataba de una pareja donde el vínculo no era sanguíneo sino de afinidad, sentenció, con la misma seguridad inicial, que seguro se trataba de amantes, de un hombre casado con su trampa de turno. Una puta pues, no dejaba de repetir. Quizás sí, quizás no. Nos reímos.

Horas después, ya camino a casa, le di vueltas al tema. En realidad hay montones de opciones!!! Yo misma planté mis hipótesis: como señalé líneas arriba, podría tratarse de padre – hija. También podría tratarse de una pareja normal, de enamorados, novios o esposos, donde el amor (u otros factores varios que cada uno propondrá) pudo más que la diferencia de edad.


No se podría descartar que se trate de amantes/amigos con derechos/pareja de encuentros casuales. Cero compromiso. Solo sexo. Conste que en este caso, no hay ningún tercero en la relación.


Tampoco sería raro que él tenga una enamorada, novia o esposa y ella sea la otra pareja formal. Algo así como que él tiene dos familias. O quizás, como variable de la anterior, podría tratarse de un caso donde el engaño a la enamorada, novia o esposa subsiste, pero en el que ella es solo una amante casual para él.  O una gran amiga, con la que, bueno pues, pasan cosas.


Por último, una nueva variable de las 2 anteriores sería que él engaña a su enamorada, novia o esposa con la chiquita esta, pero resulta que no se trata de sexo, sino de amor. Él se enamoró de la niña. Ella de él. Pero, así es la presión social, esa relación jamás se consolidará, gracias a los miedos, la inseguridad, la sana comodidad de la costumbre y la rutina. La tan humana aversión al cambio.

Y luego pensé que, independientemente de la diferencia de edad de estos personajes, cada vez que vemos una pareja por la calle es imposible saber realmente frente a qué tipo de relación nos encontramos. Nadie sabe lo de nadie.

Yo, personalmente, he apachurrado a mi papi en público, he sido pareja de un hombre muy mayor, me he enamorado de un hombre que tenía novia y he salido con un chico sin ningún compromiso formal. Y no creo que nadie que me hubiera visto en la calle con estos 4 hombres distintos, podría identificar cual era cual. Pa los sapos, nomás.

martes, 1 de noviembre de 2011

ESA EDAD MENTAL


Tengo 4 años y medio. Mi nido queda a 1 cuadra de mi casa. Primero me gusta el nido. Mi profesara es linda. Hay muchos juguetes. Muchos niños nuevos. Nunca lloro al despedirme de mis padres. Nunca tuve miedo a eso de “la separación”. Pero poco a poco comienza a aburrirme. Lo colores: check. Los números: check. Los animales: check. Ver la hora: check. La profesora le dice a mis padres que me lleven a un colegio. Que ya no tengo nada más que aprender en el nido. Creo que soy una genia. Me llevan al colegio. Doy mi examen psicológico para ingresar a inicial 5 años. El Dr. Chang me pregunta qué haría si me prestan una pelota y la reviento. No respondo. Pienso. No sé la respuesta. Creo que soy bruta. ¿El resultado? Me mandan a inicial 4 años y, gracias a ello, termino el colegio a los 17. Damn it!

Tengo 9 años y mis primos que viven en Viena han llegado a Lima de visita. Tienen 11 y 13 años, respectivamente. Todas las tardes, después de almuerzo, invitan a mi hermana mayor a jugar con ellos en su cuarto. Nunca me invitan a mí. Soy demasiado “menor”, dicen. Me resiento. Reniego. Sufro. Con toda la inocencia de esos años, siento que me duele el corazón. No soy tan pequeña, pienso. Y pienso mil formas de convencerlos de que puedo jugar con ellos, de que a mis 9 años no hay nada que no pueda hacer. No lo logro por las buenas. Voy y los acuso con mi mamá y con la suya. Mi tía los reta diciéndoles que deben jugar también conmigo. Aceptan obligados. Me miran mal, molestos. Los miro feliz, escuchando en mi mente esa dulce melodía: les gané, me salí con la mía (8).

Tengo 14 años y soy buena en todo lo que hago. En los cursos del cole. Jugando vóley a nivel “colegio”. Escribiendo en los juegos florales. Me llevo bien con mi familia. Los profesores me quieren. Tengo buenos amigos. Todos vislumbran  en mi un futuro promisorio. Todos confían en mi capacidad. Pero todo ocurre de forma tan natural que nunca siento que me esfuerce por todo ello. Simplemente ES. Yo solo me preocupo por obtener permisos para ir a fiestas. Todas mis amigas salen, menos yo. Mi papá me trata como si tuviera 10 años, como si fuera una niña. Lo hago todo bien, pero mi papá no confía en mi. Teme que no sea capaz de cuidarme, de tomar decisiones correctas. “Yo soy lo que tu criaste”, me gustaría decirle. No lo hago. Callo. Acepto. Solo frente a él, callo y acepto. Frente al mundo tengo 14 y me siento de 20. Solo frente a él tengo 14, pero me siento de 10.

Tengo 18 años y salgo con un hombre de 30. Es “diferente”, pienso. Es mejor. Las conversaciones son más ricas, más valiosas. Lo miro y lo admiro. Me siento grande, madura, superior. Un hombre de 30 quiere estar a mi lado. Sí, me siento un adulto en todo el sentido de la palabra. Pasa el tiempo, se aburre, me engaña. Con una mujer adulta, como él. Me siento chiquitita, como una nenita que necesita a su mamá para que la consuele. Pasé de tener 30 a tener 15 de nuevo en cuestión de días.  

Tengo 25 años y creo que estoy lista para hacerme cargo de mi vida hace mucho. Pero mis incipientes ingresos económicos son incompatibles con esa idea. La pienso y repito: ese es el único impedimento. He vivido ya 6 meses sola y todo ha ido genial. He cuidado de misma, de mi casa, de mi mundo, sin meterme en un solo lío, sin necesitar acudir a mamá para nada, excepto para que me envíe dinero. Si fueran otras épocas, ya sería una mujer casada con 3 hijos. Pero nací en esta época, felizmente. Me siento segura, me siento mayor. Así los viejos digan que a los 25 aún soy una chiquilla. No creo serlo. No yo.  Pero anoche un hombre de 42 años, conversando conmigo, escuchándome, me tomó como ejemplo de las razones por las que, a su edad, ya no podría estar con una chica de 25 años. Lo dijo en tono de broma, claro. Pero no le faltó verdad. Es cierto que la edad es mental, pero creo que es bueno respetar ciertos límites. Los años no pasan en vano y la experiencia que se gana cada año no es poca. Tengo 25 años y me siento un adulto, pero uno de solo 25, que sabe perfectamente que a los 42 será uno mucho más interesante, mucho más sabio y completo que hoy.

Finalmente, los años pasan tan rápido, que creo que no hace falta intentar siquiera saltar etapas. Mañana, seguro ya tenemos esa edad que hoy pretendemos fingir tontamente. 

domingo, 23 de octubre de 2011

CAMINO

Cuatro paredes me rodean así como el terror de lo acontecido aquella noche. Aún hoy, anciano y sin fuerzas, no logro dormir con la luz apagada y sin haberle puesto seguro y tres candados a la puerta de mi casa y otros tantos más a la de mi habitación.

El espanto de esa noche está indemne en mi memoria y cerrar los ojos parece ser la penitencia que deberé pagar de por vida por mi adolescente desatino.

Aún hoy veo el flujo de la sangre corriendo por sus piernas y las mías. Aún escucho sus gritos de placer y dolor intenso, aún sueño hoy con retroceder el tiempo y no haber ingresado nunca a ese local de la séptima calle.

Pero la realidad es otra en mi vida…y el local, las luces, el trago, aquella mujer… todo parece haberse aferrado a mis cinco sentidos y el escozor de aquel dolor frustrante no da indicios de querer buscar otro refugio distinto a mi alma herida.

A la mañana siguiente me encontré fuera de mi hogar, recostado en una camilla dura en una habitación completamente blanca. Abrí los ojos y observé a seres extraños moviéndose de un lugar a otro.

- Despertó, despertó – gritaba una mujer eufórica que inmediatamente después corrió a abrazarme contra su pecho.

Aquellos seres empezaron a moverse aún más rápido.

Me empezaron a hacer preguntas estúpidas como mi nombre, el color de mi bata (como si todas no fueran iguales) y cuantos dedos veía en una mano. A continuación arrancaron de mis brazos algunos de los tantos tubos que tenía conectados.

¿Por qué no podía recordar nada? – me preguntaba a mi mismo. ¿Qué habría sucedido aquella noche con aquella bella mujer?, ¿Cómo había llegado hasta ese lugar?.
Y lo peor es que no podía articular palabra alguna. Quería gritar de desesperación pero no lograba recordar el sonido de las sílabas.

Escuché decir a una mujer que llevaba cuatro meses en estado de coma y que no creyeron que podría despertar. “La impresión fue demasiado fuerte” – sentenció ella misma.

Empecé a sudar frío; tres hombres vinieron y me agarraron con fuerza atándome con gruesas cuerdas. Me llevaron en una camioneta blanca, a un lugar dónde no podía dejar de sentirme atrapado y condenado.

Nunca más fui capaz de volver a acercarme a una mujer y  mi temor de aquella noche me condenó a vivir en una permanente soledad.

La noche va cayendo, estoy recostado en mi cama y nuevamente escucho ruidos cercanos.  Me acerco  a la ventana, cierro los ojos y la veo a ella nuevamente. Abro los ojos con espasmo, escucho un grito horrendo.

Con pasos trémulos abro la puerta que me lleva al corredor. Encuentro un sobre en el suelo. Lo levanto y en el interior del mismo sólo aparece su foto, con toda esa belleza que se esfumó aquella noche
.
No pierdo el tiempo pensando en quien pudo mandarla, sino en lo que aquello podía significar.
El miedo aparece de nuevo. Regreso a mi cuarto, tranco las puertas y me paro frente al espejo. Es ella. Es ella quien me llama, quien me va hipnotizando. Sus ojos me enamoran y mi cuerpo parece no responderme. Mis piernas corren y, en un intento desesperado de atravesar el espejo para estar con ella, termino incrustado en él.

Grito, llega mucha gente; nuevamente demasiado movimiento. Otra vez esos seres extraños vestidos de blanco. Siento que voy perdiendo la conciencia.

-          Es él, el loco que se escapó hace varios años – escucho. Y de inmediato me resigno a mi suerte: a terminar mis días en aquel lugar a dónde sabía me llevarían.

lunes, 17 de octubre de 2011

Espejo



Me gusta levantarme más tarde de lo habitual. Me arreglo en poquísimo tiempo, en comparación con las demás personas de mi género. Siempre llego demasiado temprano a trabajar, pues ya me acostumbré a ser quien pone el café y hierve el agua para que todos desayunemos en la oficina antes de empezar el día.
Me gusta almorzar en el comedor común. Después de varias horas frente a una computadora, creo que es indispensable sociabilizar. Bromear. Reír. Así digiero mejor. Me gusta una porción de crema volteada para cerrar la comida.

Me encanta salir de la oficina cuando aún hay sol en el cielo. Alegra mis días caminar sintiendo ese calorcito aún tenue. Me hace sonreír. Reniego en el micro camino a casa, pues evitar molestarme debido al tráfico limeño es una de mis asignaturas pendientes. Sin embargo, un par de horas posteriores en el gimnasio, me devuelven toda la tranquilidad. Me serenan. Me dejan lista para leer un poco, ver alguna serie, conversar con mi novio, descansar.

Me gustan mis días así de sencillos, de habituales. Aunque ello no excluye mi necesidad de algo más, de algo aún mejor. De novedad. De aventura. De experiencias nuevas. Soy la misma persona de lunes a domingo, aunque a veces no te la creas. Escribo todo el tiempo. Cuando estoy triste, para alegrarme, cuando estoy feliz, para compartirlo, cuando te vas, para consolarme.

Voy al cine solo eventualmente, pero veo películas todo el tiempo. Conmigo, contigo, con quien me encuentre en ese momento. Podrían transcurrir horas mientras leo diversos cuentos, pero cuando me agarra el sueño, serás un mago si logras mantenerme despierta. No me digas nunca que no puedo hacer algo, porque no tienes idea de lo que sería capaz por probarte lo contrario.

Me gusta saber que puedo ser voluble y que ello no me transforme en una mala persona. Puedo atravesar la barrera de la alegría desbordante al llanto en pocas horas, porque vivo y siento con una pasión e intensidad que podría mover montañas. Me cuesta llegar a un sano término medio, pues me gustan las emociones extremas. Puedo amar más allá del infinito y sentir de igual forma una absoluta indiferencia.

Me gusta saber que soy capaz de tolerar mucho. De entregar y esperar si siento que vale la pena. Pero cuando me lleno de miedo, cuando siento que no puedo más, cuando alcanzo mis límites, en un solo segundo, huyo. Desaparezco. Me escondo. Me derrumbo. Me destrozo. Siempre por mi cuenta. Luego me levanto. Camino. Sonrío de nuevo. También sola, por mí cuenta.


No me gusta esperar, pero he aprendido a hacerlo. Me aburro rápido de las cosas, cuando son siempre las mismas. Soy hiperactiva, pues casi siempre me verás riendo, aunque haya días en que no tenga demasiadas ganas de hacerlo. Odio las mentiras, la falsedad en todas sus facetas. Pero amo lo difícil, me excita lo prohibido. No trates de amarrarme, porque estaré lejos de ti antes de que lo notes. Tenerme cerca es tan sencillo como darme la libertad de hacerlo.

Me gusta conversar y conocer gente nueva, pero me considero antisocial. Me gusta la comodidad de mi círculo cerrado. El exceso de gente me abruma, me aturde. Me arden las tardes cuando no tengo nada en que ocuparme. Me ceno las noches, cuando me duele el corazón.

No me preguntes demasiado, aprende a observarme. Descúbreme. No esperes demasiado, porque estaré lista para dártelo todo, justo cuando ya no esperes más. Mantente cerca, pero déjame extrañarte. Y de vez en cuando, cómprame mi chocolate preferido.

Lo que ves es lo que soy, y lo que no ves, también un poco. 


lunes, 10 de octubre de 2011

Ya no quiero trabajar por el dinero

El lunes pasado no fui a trabajar y no puedo negar que lo disfruté. Una infección no esperada me atacó y me mantuvo encerrada en casa las 24 horas del día. Me dediqué a ver algunos capítulos de How I met your mother (hasta que me estanqué porque ya no tenía los capítulos que continuaban), a cometer el error de utilizar mi elíptica ya que no podía ir al gimnasio (hoy mi doctor me dijo que tenía que descansar todo el día) y a leer mucho más de lo habitual. Me acosté temprano pensando en levantarme al día siguiente, completamente descansada, para reincorporarme en la oficina.

Pero el martes amanecí igual de mal que el día anterior. Y hoy ya no es tan divertido. Me siento inútil, aburrida. Sin embargo, en la mejor parte de mi día, me puse a leer un libro que mi novio me prestó. No de literatura esta vez, sino de pura educación financiera. De cómo aprender a dejar de trabajar por el dinero y hacer que el dinero trabaje para uno mismo.

Comencé a ojearlo algo incrédula, pues siempre he mantenido mi discurso de que las personas no debemos vivir para acumular grandes riquezas. Siempre he pensado que la gente que gana demasiado dinero, termina convirtiéndolo en el centro de su vida: vivir pensando en el dinero era algo que me generaba cierta repulsión. Por ello, hasta cierto punto, rechazaba siempre la idea de la riqueza excesiva, de los capitalistas modernos que viven acumulando sin mover un solo dedo, pues tienen demasiados empleados encargándose de absolutamente todo lo necesario para llenar sus bolsillos.

A medida que avanzaba sentí cómo se me iba volteando la tortilla. Cómo finalmente, era mi modo de pensar, el que generaba que las personas convirtieran el dinero en el centro de su existencia.

Justamente, la gente pobre y la clase media, es la que, desde la infancia, recibe la lección de que debe estudiar mucho, sacar buenas notas y solo así conseguirá un buen trabajo que le garantice ingresos suficientes para vivir. Y a medida que los ingresos aumentan, los gastos lo hacen en la misma proporción. El resultado es que nos pasamos la vida trabajando cada vez más arduamente, para pagar las cada vez mayores cuentas a fin de mes, siempre dependiendo del cheque que nos entrega nuestro empleador y siempre con temor a perder el empleo y con ello esos ingresos seguros y garantizados. Lo que Robert T. Kiyosaki llamó “La carrera de ratas” (http://virtualbeing.bligoo.com/content/view/331204/LA-CARRERA-DE-LAS-RATAS.html ). Es decir, corremos y corremos y nos esforzamos, pero nunca llegamos a acercarnos un poco más allá del límite de cubrir nuestros gastos mensuales. Ni un ápice de acercarnos a nuestros verdaderos sueños.

Contra esto, el libro me planteaba dejar de trabajar por el dinero, y buscar que el dinero trabaje para mí. Dejar de alinear mis ingresos con mis egresos, dejar de adquirir obligaciones. Dedicarme a adquirir activos, es decir, aquellos que van a llenar mis bolsillos de dinero. Solo a través de las inversiones, es que podría obtener la libertad financiera para poder liberarme de lo que implica vivir cada día pensando en ir a trabajar para poder ganar suficiente dinero para vivir bien. Sólo cuando el flujo de dinero de mis inversiones sea suficiente para cubrir todos mis gastos, alcanzaría tal libertad. Ahí podría elegir trabajar (por amor a mi carrera) o dejar de hacerlo. Elegir dedicarme a lo que amo, en mi caso escribir. Elegir viajar por el mundo y aprender de cada cultura lo que se me diera la gana. Simplemente, elegir. Elegir sin que la obtención de dinero sea mi meta, pues ese flujo vendría a mí solo, sin necesidad de mi presencia física, sin necesidad de un arduo trabajo cada vez mayor, en algo que, quizás, no me interese demasiado.

Esa libertad para hacer lo que amo y solo eso, es la que ahora quiero. No se trata de que quiera dejar de trabajar, en absoluto. Pero quiero que mis decisiones de trabajo, estén determinadas únicamente por la obtención de mis metas personales, por los sueños que hoy tengo o que algún día tendré. No quiero trabajar solo porque necesito conseguir dinero. Quiero poder arriesgarme a cambiar, a volver a empezar, a hacer algo diferente a lo convencional, sin miedo a  no poder pagar las cuentas a fin de mes.


Recién he llegado al segundo capítulo del libro, y obviamente aquí he simplificado todo aún más (dicho sea de paso, en el libro está escrito de la forma más simple, para ser entendido por todos). Pero espero con ansías continuar, luego de terminar de digerir todo lo que se ha metido en mi cabeza hasta ahora. Romper los propios paradigmas no es sencillo. Ahorita tengo toda la emoción del momento, pero mañana no lo sé. Por eso lo escribo, por eso se los cuento. Para no olvidar lo que estoy aprendiendo, lo que definitivamente quiero seguir aprendiendo.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las decisiones no elegidas



Hace 25 años, un 18 de agosto, yo nací y nadie me preguntó como quería llamarme. Nunca me enteré hasta varios años después, en que todos se referían a mí como “Katia”. Hubiera preferido algo distinto, como Camila, pero mi mamá decidió bautizarme con el mismo apelativo de un cohete que fue lanzado al espacio días antes de mi nacimiento.

Cuando cumplí 6 años me hicieron una fiesta en “El Rancho”. En una de esas cabañitas que hoy ya no existen. Era mi primera fiesta de cumpleaños en la que podía invitar a mis amigos del colegio. Todo un acontecimiento. No recuerdo claramente el lugar, ni las golosinas servidas, ni como lucían mis amigos hace tantos años. No recuerdo si me divertí, ni tampoco si me dieron muchos regalos y menos cual fue mi preferido. Solo recuerdo el enorme susto que me llevé cuando vi a la horrorosa “Chilindrina” que habían contratado mis padres para animar mi fiesta. No entiendo cómo pudieron hacerme eso. Era fea, tenía dos colas demasiado largas en el cabello, demasiadas pecas falsas en la cara y unos dientes destartalados que para qué les cuento. La graciosa niña de la televisión que me hiciera reír al poco tiempo y por tantos años al ver “El Chavo”, quedó para siempre estigmatizada para mí, porque siempre evocaba, aún entre risas, la escalofriante imagen de ese personaje de mi primera matiné en El Rancho.

Desde que tengo uso de razón, hasta que cumplí aproximadamente 12 años, la costumbre familiar era pasar los domingos en el Club El Bosque. No niego que me encantaba pasar los días en la piscina, comiendo parrilla, meciéndome en las hamacas. Pero había algo que malograba tan bonito cuadro: la idea de la obligatoriedad de esos paseos, de mi nulo poder de decisión. Sí, la mayoría de las veces era genial, pero las otras, sin embargo, tampoco eran negociables. No importaba si había amanecido de mal humor, o si tenía sueño y solo quería quedarme en cama todo el día, o si no me daba la gana de ver el sol. Era la costumbre y punto. Irónicamente, hoy quisiera ir al club al menos de vez en cuando, pero por un tema de edad, ya no soy bienvenida sin presencia de los “socios titulares”, es decir, mis padres. Esos mismos padres que ya ni recuerdan lo que era El Bosque. Y eso tampoco lo decidí yo.

Nunca elegí estudiar en un colegio de monjas alemanas. Pero pasé 13 años de mi vida estudiando 6 horas semanales de alemán. Aprobé con excelentes resultados los exámenes internacionales que me certificaban como apta para hablar fluidamente el idioma con cualquier alemán que se cruzara en mi camino. ¡Qué tremendo orgullo! Lamentablemente (como bien asumirán), jamás me crucé a ningún alemán en mi ciudad.. Incluso, cuando viaje a Europa, incluida Alemania, mi anfitriona era una alemana que hablaba español mejor que yo.  No hizo falta una sola palabra de esfuerzo. Tal vez me faltó el valor para mandarme y hablar. Preguntar algo a cualquier transeúnte. Lanzar cualquier frase al aire y esperar la crítica. Y luego, en Marruecos, cuando finalmente creí que había llegado mi oportunidad al ver que mis compañeros de cuarto eran 2 alemanes, resulta que estos tenían un inglés envidiable y preferían practicarlo en vez de ayudarme a practicar mi ya bastante olvidaba segunda lengua. Curiosamente, una noche, jugando “nervioso” (ese juego de cartas en que las arrojas una a una mientras las cuentas, y debes colocar tu mano sobre ellas si coincide el número que cantas con la carta que botas), los convencí de contar en alemán. Aceptaron entre risas, como sabiendo que había un asunto personal en mi petición. Y sonrieron gratamente cuando me oyeron pronunciar sin dificultad. Al fin demostré que, tras 13 años de esfuerzo, era capaz de contar hasta 13 en alemán. ¿Qué lechera, no?

El martes último llegué a trabajar a las 8:26am y me enteré, por un correo electrónico, que estaba inscrita en un campeonato de paintball. Nadie me preguntó. Lo que sí, me advirtieron que no había forma de des-inscribirme sin arruinar la participación de los otros 9 integrantes del equipo. Presión social, creo que le llaman. Ni modo. ¿Caballero pues, no? A lanzar balines de pintura este 22 de octubre y rezarle a todos los santos porque ninguno me alcance. O cruzar los dedos. O suplicar clemencia si alguien me acorrala. Para que preocuparme si, finalmente, eso tampoco lo decido yo. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

CÓCTEL DE LANGOSTINOS


Me levante temprano. Diseñé mi blog. Fui feliz.


A media tarde comenzó la parrilla marina. Música, chilcanitos, muchas risas. Razones personales para que sea un día especialmente bonito. Genial.


Tomé mil fotos al cóctel de langostinos que preparó B. Delicioso. Pensé que la salsa golf, tan rosa, era el toque que hacía perfecto este plato introductorio. Me sentí afortunada. Afortunada de ver a mi alrededor a tantas personas llenas de alegría, llenas de vida.


Llegada la noche, 8pm, las noticias de siempre. Una en particular. Dos veces en una semana, mis ojos se llenaron de lágrimas. Tenía sólo 23 años y conoció la muerte simplemente porque sí. No hay mas razones. He tratado de encontrarlas. No hay una maldita razón para que un chico de 23 años deba morir así, sin buscársela.


¿Qué es finalmente el fútbol? ¿Qué clase de fanatismo grotesco (casi casi, un fanatismo religioso) es capaz de enlutar un domingo en que yo solo quería disfrutar mi cóctel de langostinos?. Ya no disfruté nada. Ya ese color rosa de la salsa golf solo simbolizaba la trivialidad de nuestras vidas. Tan ajenas. Y tan frágiles. Tan frágiles como esa vida que se perdió un sábado por la noche. Un día en que la mayoría celebrábamos. Un día en que nadie esperaba morir. En el que Walter Oyarce no esperaba morir.


Hoy al medio día puse este blog en marcha. Escribí sobre la pena de muerte. Hoy mismo, antes del anochecer vuelvo a escribir sobre la muerte. Una muerte tan injusta como aquella. Que me recuerda que nadie tiene el tiempo comprado, que nadie tiene una sola idea de si mañana estará en casa, comiendo un cóctel de langostinos, o estará, simplemente, bajo tierra. Una muerte que me daña como ser humano. Que me daña el corazón.


Descansa en paz Walter.

sábado, 24 de septiembre de 2011

SOBRE LA PENA DE MUERTE

Hace mucho que tenía pensado comenzar un blogg. Lamentablemente es muy fácil posponer las cosas (quien a querido seguir una dieta alguna vez, lo sabe perfectamente). Pero ayer viernes 23 de setiembre de 2011, no solo empezó la primavera, sino que terminé de leer, con lágrimas en los ojos, la carta que escribió Troy Davis antes de ser ejecutado.

http://elcomercio.pe/mundo/1306763/noticia-emotiva-carta-que-troy-davis-escribio-antes-ejecutado


Para quienes no están al tanto de la historia, Davis fue condenado a la pena capital en 1991, por el homicidio de un policía en 1989. Lo peculiar de este caso, y que despertó el interés masivo de la población mundial, es la poca certeza que existía respecto a la comisión del delito, lo cual volvió a despertar el enorme debate en torno a la pena de muerte.

En la carta que menciono, Davis se sabe inocente. Se sabe inocente y se sabe afortunado de ser parte de una gran misión: la abolición de la pena capital. Él está a punto de morir, y sin embargo se sabe libre, libre bajo la conciencia de que la muerte solo puede acabar con su cuerpo, más no con su espíritu. Y aunque me gustaría ahondar más en este tema, ello me llevaría a hablar de religión, de la división del cuerpo y el alma, y no tengo interés en eso.



Lo que despertó en mi este caso, no tiene nada que ver con religión. Ni con el alma. Tiene que ver simplemente con justicia. Soy abogada, o estoy a punto de serlo, y aunque mi pasión es la literatura, este único post no tendrá nada de literario. Simplemente buscar reafirmar, con todas mis fuerzas, mi postura en contra de la pena de muerte.


No me importa si me hablan de asesinos en serie o terroristas o traidores en tiempos de guerra. Tampoco han faltado los que me trataron de sensibilizar hablándome de los violadores de niños, incluso de sus propios hijos. A ellos todo mi desprecio y sin embargo, jamás los mandaría a morir después de haber sido condenados en un sistema judicial como el nuestro.


Pueden decir que no tienen remedio, que en las cárceles hay muchos privilegios y finalmente no pagan como deberían, o incluso que no quieren mantener con sus impuestos a esa especie de "escoria humana". Yo les digo que los humanos, como tales, cometemos errores. Los errores deben pagarse, claro que sí. Pero esos mismos errores los comete el poder judicial todos los días, y la pena de muerte significa la irreversibilidad de uno de esos errores. Que yo acepte la pena de muerte implicaría, primero, tener certeza de que la persona condenada lo merece. Sin atenuantes. Sin duda alguna. Y quienes hemos estudiado derecho, quienes estamos en este mundo "legal", sabemos muy bien que la única certeza en el mundo del derecho, es que ésta no existe. 


El mundo, distintos países, organizaciones internacionales, ciudadanos de a pie, están en ese rumbo. En esa ruta de abolir la pena de muerte. Hacía allá se busca llegar. A esto punto de civilización. Y en el Perú, dándole la contra al mundo, escucho a tantas personas reclamar por la pena de muerte, aclamarla, como si por un segundo realmente pudieran creer que esa es la solución a tanta criminalidad. Quien viola no lo hace pensando en que pasará el resto de su vida en la cárcel. Tampoco pensará antes de actuar, que será condenado a muerte. Ninguno de los dos será estímulo suficiente si el poder judicial no cumple su deber de aplicar las sanciones escritas en la norma. El día que eso pase, la sola cadena perpetua será estímulo más que suficiente. 


Porque finalmente, creo yo, quitarle la libertad a un hombre es mayor castigo incluso que quitarle la propia vida.