jueves, 18 de julio de 2013

Desvarío

Amanece, saludamos, conversamos, reímos, jugamos. Recordamos, preguntamos, reclamamos. Ya no reímos, nos tensamos. Discutimos, controlamos, repetimos, nos desbordamos.

Adiós.

Paralizo. Pregunto. Saturo. Desespero. Maldigo. Todo en silencio.

Acepto.

Encuentro. Despedida. LLanto.
   
Respiro, suspiro, vuelvo a respirar y ando. Camino, doy vueltas, no miro atrás.

Concientizo, analizo, pienso. Pienso y comprendo. Acepto, borro, elimino, supero.

Malas noches, poca comida, mucho alcohol. Salgo, sonrío, finjo. Fiestas, amigos, risas, alcohol. Farsas. No volteo. No te busco. No intento saber. Te fuiste. Decidiste. Se acabó.

Una semana. No sé de ti. No quiero saber. No pregunto. No averiguo. Asimilo.

Me escribes. Contesto. Propones. Me asusto. Retrocedo. Acepto.

Charlamos. Me quieres, me extrañas. Siento. Confío. Respiro. Sonrío. Te quiero.

Pienso. Recuerdo. Temo. No importa. Te quiero. Te escribo. Propongo.

Tiempo, maldito tiempo. Te odio. Quizás no te quiero.

Me quedo. Y acepto. Y más tiempo.

Hablan. Te miente. Me acusa. Complica. Agobia.

Confías. Espero.

Hoy es.


Mañana, ya veremos. 

martes, 28 de mayo de 2013

APRENDIZ

Hoy, nuevamente, busqué tu nombre en facebook y en google. Nuevamente no te encontré y supongo que fue lo mejor. Pero me  angustia, me sofoca pensar que han pasado mas de 5 años después de la última vez que te vi, y aun siento una necesidad absurda de reivindicar mi nombre contigo, de probarte que no soy ese monstruo que te hicieron creer, que no soy esa mujer enferma, obsesiva, loca en el peor sentido de la palabra, que él te hizo creer.

Solo era una niña cuando lo conocí, y para cuando tu apareciste en el mapa, ya era tarde. Era tarde para ambas. Tarde para dos mujeres ya condenadas a creer, a aceptar, a llorar a escondidas ante la conciencia de lo que nos había pasado. Porque claro que éramos conscientes. Claro que nos dábamos cuenta de lo que ocurría, de lo que estaba él haciendo de nosotras, de lo que estábamos haciendo nosotras mismas de nosotras.

Vivíamos lo mismo, sabes? Tu, yo y ella. Sí, éramos tres. Pero tu decidiste declararme la guerra solo a mi. Culparme de un sufrimiento, de una infelicidad de la que solo podías culparlo a él. Y a ti misma, claro. Decidiste creerle y condenarme a mi. Y te comprendo. Te comprendo porque era tu única salida: tu única salida para no enloquecer, para poder justificar tu desdicha culpando a alguien más, para tratar de auto-convencerte de que ni tu ni él eran el problema, sino yo, la loca, la enferma, la que a los 20 años argüía planes malévolos contra los dos.

Que tonta fuiste. Fuimos. Pero lamento informarte, que tu lo fuiste más. ¿Crees que a mi no me dijo las mismas cosas de ti que te dijo a ti de mi? ¿Que no inventó las mil historias para lograr que yo te culpe de mi infelicidad? Lo hizo, siempre. Pero quizás tuve la suerte de conocerlo años antes que tu. Y digo suerte porque, gracias a ello, yo ya no creía en nada de lo que decía. Yo ya sabía que el único que estaba detrás de todo era él, envenenándonos para que nos odiáramos, porque las personas unidas son peligrosas.

Yo salí victoriosa. A mis 22 años, con esa juventud de la que tu te mofabas y sobre la que creías tener una gran ventaja, ya era yo demasiado consciente hacía tiempo de como eran las cosas, de quien era él, de qué se trataba todo el cuento. Y gracias a eso huí, desaparecí, fui libre. Libre de él, libre de ti, libre de ese mundo surrealista en que me metieron sin que yo me diera mucha cuenta, pero del que fui culpable también al no salir mucho antes, al haber sido débil, al haber sido niña.

No se si tu habrás tenido la suerte que tuve yo. Quizás también por eso te busco. Para saber si pudiste partir, si no sigues viviendo ese infierno que yo tan bien conozco. Si al igual que yo, aprendiste tu lección y no volviste a permitir que nadie te convierta en eso que fuimos, en eso que no me atrevo a nombrar, para lo que en realidad no hay siquiera un nombre.

Pero también te busco, lo acepto, para gritarte que soy inocente. Que nunca hice nada contra ti. Que en ese entonces tenía la inocencia que ya no tengo hoy, y que el mismo miedo me habría paralizado sin poder mover un solo dedo en tu contra. Todo lo inventó él, todo.

Y te diría también que ya encontré mi camino y que espero también hayas tu encontrado el tuyo, muy lejos de él. Y si aún no lo hubieras logrado, no me alejaría de ti ni un momento hasta que te convenzas que al salir, será como empezar tu vida de nuevo.

Pero mientras no te encuentre, sigo aquí. Mujer, normal y ya libre. Con esa tranquilidad que da saber que todo lo vivido enseña, y que soy una buena aprendiz. No, no me quita el sueño encontrarte, pero no dudes que de vez en cuando, siempre, volveré a googlearte, deseando con todo mi corazón, encontrar algún dato que me lleve a ti.

jueves, 23 de mayo de 2013

Falsa


Ve.

No voltees el rostro ni aunque el viento sople hacia el lado opuesto.

No temas no saber si llegarás, y ni si quiera a donde: recuerda que esos caminos ignotos pueden llevarte a alguna certeza, o a la única.

No dudes de la necesidad de tomar esa ruta. Quizás sea errada, o quizás no. Y no pienses, por favor no pienses, que no es necesario. Que puedes hacerlo desde aquí.

Ve. Encuentra. Encuéntrate.

Yo no voy a ningún lado, por ahora. Por ahora o hasta que sepa de tu dicha, allá lejana.

Entonces, quizás, yo también sabré que debo emprender ese camino. Para encontrarte, o para decir adiós, sin vuelta.

Ve. Te lo pido porque te amo. Te lo pide mi razón. Mi madurez. Mi equilibrio. Mi sensatez.

Corre. Corre antes que mi corazón, inmaduro, desequilibrado e insensato, grite que me ignores.

Ve.                          

lunes, 13 de mayo de 2013

De vuelta al ruedo



Después de casi 4 meses trabajando medio tiempo, hoy me reincorporo a mi chambita full time.

No, no lo voy a negar: tengo la sensación de que esto es algo inhumano y que nadie debería merecer tener que trabajar tantas horas al día en algo que no lo apasiona hasta decir basta, en algo que no lo hace vibrar, que no permite que la adrenalina corra por su cuerpo ante la sola posibilidad de un caso nuevo, un paciente nuevo, un proyecto nuevo. No, nadie debería tener que trabajar días enteros en algo que no le brinde ese placer indescriptible que leo en los ojos de mi hermana cuando me cuenta de su trabajo como ginecóloga en la maternidad de Lima.

Sí, imagino que todos deben estarse riendo de que me queje de una jornada laboral normal, esa que todos ustedes tienen, esa que seguro algunos disfrutan, otros odian, y algunos simplemente aceptan con dignidad y resignación. El problema es que yo me rehúso a aceptarla y ese es el punto de partida del segundo tema: ¿por qué demonios no soy consecuente con lo que escribo y busco un trabajo que genere en mi todo eso que describo líneas arriba?.

Bueno, no es tan sencillo. No es sencillo renunciar a la seguridad que te brinda tener un empleo de sueldo fijo y no variable. Tampoco es sencillo decir adiós a un jefe que te ha dado todas las facilidades posibles en el largo proceso de preparación para obtener ese maldito título de abogado, con la confianza de que volverás, titulada, a sacarte la mugre en ese puesto de trabajo que te esperó. Y tampoco es sencillo empezar de cero a buscar eso, ese algo que sabes debe existir, que tiene que existir, pero que no tienes claro qué es, no sabes por dónde empezar a buscar ni tienes la certeza de que vas a encontrar.

Sin embargo, hoy hay muchos proyectos en el aire, pululando libremente por mi mente durante muchos minutos al día. Y hoy tengo el ejemplo cercano de una persona que acaba de dejar su empleo, justamente, harto de invertir la mayor parte de su día en algo que no lo hacía feliz, y decidido a llevar a cabo diversos proyectos que estuvo posponiendo. Y eso me estimula, me empuja a también a yo encontrar mi camino, ese que posiblemente no sea el más seguro, pero que tengo la esperanza sí sea el que me haga feliz.

jueves, 3 de enero de 2013

Aquí estoy



Acabamos de cambiar de año y aunque a menudo le rehuyo a eso llamado reflexión, esta vez es distinto. Quizás porque este año que se fue ha sido extrañamente intenso, en lo malo y en lo bueno, en lo rico y en lo cruel.

Se fue un año en que mis emociones se fueron del cielo, al suelo y luego nuevamente al cielo. En el que tantas risas opacaron cualquier lágrima pasada y a la vez tantas lágrimas opacaron esas risas y así, una y otra vez, dando vueltas. Un año inestable, pues.

 Hoy me siento frente a esta computadora y no puedo evitar sentir ese tufillo  a seguridad que ya me ronda. Ese airecito de tranquilidad que he logrado encarcelar en mi después de tantos vaivenes. Porque si hay algo que es realmente difícil de lograr para una persona como yo, tan extremista en sus sentimientos y decisiones, es esa cuota de estabilidad que hoy no pide ya permiso para entrar.

Nada de lo que pasó este 2012 fue por gusto. Hoy le encuentro explicación a absolutamente todo lo que viví. E increíblemente, al final de la ecuación, todo es bueno. Sentir que la relación con mis hermanos  ha cambiado radicalmente al punto de sentir que son ellos mis mejores amigos, es bueno. Haber conocido y estrechado lazos con nuevos amigo(as) “de la vida”, es bueno.  Haber logrado mayor estabilidad en mi trabajo, uno del que pensé me iría a los 3 meses, y haber empezado seriamente, al fin, a estudiar para titularme, es bueno. Y haberte conocido a ti, mi chico, es más que bueno.

Tantas circunstancias que hoy ya no me interesa recordar, dieron como resultado todo lo bueno que hoy atesoro.  Como no creo en dios, no puede agradecer a nadie por todo eso, sino solo a mi misma, y a ellos, por haberse cruzado en mi camino. Todo da vueltas, y finalmente, como dice mi querido Drexler, nada se pierde, todo se transforma, das lo que recibes, y solo recibes lo que das.

No voy a hacerla más larga. No hacen falta más palabras para describir una situación que te llena en sí misma. No hacen falta más palabras para disfrutar. Disfrutar que estoy aquí, y que no quisiera estar en ningún otro lugar, rodeada de ninguna otra persona. Estoy aquí, justo en el lugar en que debo y quiero estar.
Adios me fui a estudiar :)

martes, 11 de diciembre de 2012

Sobre la definición "en negativo" del amor






Hace algunos días, conversando con mi amigo Leandro, me dio una definición extremadamente gráfica del amor:

 “La quiero tanto, que a veces tengo ganas de incendiarla, pero no lo hago, porque la amo”.

A raíz de esta definición, empezamos a conversar sobre su planteamiento de que el amor se define “en negativo”: para él – y ahora estoy de acuerdo – el amor hacia la otra persona no tiene que ver con “llevarse bien” o “reírse mucho” o “ser perfectamente compatibles”, sino con las cosas que toleras a la otra persona. Cosas que, seguramente, no le toleraríamos a nadie más que a ella (o él).

Pasa que el paquete viene completo. Pasa que cuando elegimos a alguien, elegimos a la “mejor presa” dentro de ese pequeñísimo universo de personas que llegamos a conocer hasta determinado punto de nuestra vida. Pasa que si quisiéramos encontrar una persona “perfecta para nosotros”, sin duda pasaríamos solos el resto de nuestras vidas. E incluso, si encontráramos a alguien que se acercara a esa definición, nos quedaría la eterna duda de si, en Australia o Hong Kong, no existirá alguna un poco más compatible, quizás con los mismos gustos musicales, quizás con el mismo carácter extrovertido, quizás con un poco más de sentido del humor.

Por eso, elegimos a una persona que, mal que bien, tiene suficientes cosas positivas que podamos admirar (o aun que sea respetar) y que son las que recordamos, justamente, cuando aparecen esas otras cosas no tan agradables que todos tenemos. Esas cosas que, por ejemplo, a mi amigo le generan el pensamiento de querer incendiar a su enamorada.

Y como quien refuerza la idea de definir al amor de manera negativa, violenta, me cita – para variar – a Marge Simpson, quien en algún capítulo de tan buena serie le dice a su hija: “pero algún día encontrarás a un hombre al que amarás, hasta que te duela (…)”.

Y a raíz de esa cita, Leandro me preguntó si no es acaso el hecho de definir al amor como algo que duele (sí, tarde o temprano, de una u otra forma), una realidad que nos hace corroborar que nuestras instituciones más valiosas – como la familia, que justamente nace del amor – están también hechas de violencia, solo que de una violencia legítima, admitida por todos nosotros, sea consciente o inconscientemente, por acción u omisión.

¿No es acaso violencia arrebatarle a una madre la custodia de su hijo, así sea porque ello es necesario por el bien del menor ya que su madre tiene problemas con las drogas? ¿No es acaso violencia quitarle la libertad a un condenado a prisión, por muy “merecido” que lo tenga? ¿Y no es acaso violencia la forma en cómo tenemos ganas de (mal)  tratar, a veces, precisamente, a las personas que más amamos, y justificamos dichos pensamientos, justamente, en nombre de esas emociones intensas y desbordantes a las que nos condena el amor?.

Obviamente hay líneas. Lo anterior no significa que cuando tengamos ganas de incendiar a nuestra pareja vamos a hacerlo si ya no la amamos. Se trata simplemente de dejar el concepto algo claro: no incendiaremos a quien amamos, justamente por amor. Y probablemente no sentiremos ganas de incendiar a otra persona con la intensidad que quisiéramos incendiar a quien amamos, justamente porque, en nombre del amor, somos capaces de sentir tan intensamente nuestras emociones – buenas o malas – solo hacia esa persona. Y en nombre de ese amor, también, de tolerar esas emociones, canalizarlas.

Ojo, no estoy promoviendo la violencia en ninguna de sus facetas, solo poniendo una realidad sobre la mesa.

lunes, 29 de octubre de 2012

SUPERPODERES


Si tuviera la posibilidad de elegir un super poder, sin ninguna duda, sin siquiera pensarlo un segundo, elegiría la posibilidad de poder leer la mente de las demás personas. En realidad no de todas, porque sería terriblemente tedioso tener que lidiar con tantos pensamientos que no me importarían en absoluto, pero si la de aquellas personas que me importan, que son parte de mi cuadro.

Especialmente en estos últimos días – aunque, en realidad, me ha pasado con mucha frecuencia antes - me he estado cuestionando fuertemente respecto a lo complicado que es relacionarse con las demás personas. Relacionarse a profundidad, digo. Porque conocer a las personas, llevarse bien, reír, pasear, webiar, es sencillísimo. Al menos para mi que nunca he tenido problemas con conocer nuevas personas. Pero apenas los vínculos empiezan a fortalecerse, apenas esas personas nuevas empiezan a formar parte de nuestro mundo cercano, todo empieza a complicarse, inevitablemente, por más compatibles que sean, por más simple que haya sido pasar tiempo juntos en un inicio.

Y si bien a menudo las complicaciones aparecen por algo tan simple como la llamada “incompatibilidad de caracteres”, otras muchas veces todo el problema parte de dos verbos: callar y asumir. Y con callar, no me refiero solamente a no decir nada, sino también a “decir a medias”, a dejar en la ambigüedad. Y la consecuencia de callar, claro, es que la contraparte empezará a asumir. Asumir sin preguntar, que es otra forma de callar. Ambas partes cayendo en lo mismo. Igual de culpables. Igual de inocentes. Igual de tontas.

Hace poco yo asumí que lo correcto era hablar y preguntar. Me equivoqué. Luego asumí que lo mejor era callar, dar espacio, no joder. Me equivoque de nuevo. En ambas ocasiones descubrí que me había equivocado cuando la otra persona dejó de callar y me dijo directamente como era la nuez. Qué le jodió. Que esperó. Qué pensó.

Y obviamente, no es la primera vez que algo así me ocurre (refiriéndome a la forma, claro, pues el tema de fondo si fue nuevo para mí, pero eso no es lo importante de esto). Tantos problemas me hubiera ahorrado si hubiera podido leer la mente de esas personas importantes. Tantos momentos desagradables. Tantos daños hechos y recibidos de las y a las personas que más he querido.

Por supuesto que he pensado en los aspectos negativos de tener ese poder (por ejemplo, perder esa extrañamente maravillosa emoción/intriga de no saber exactamente que pasará, de dejar que “las cosas fluyan”), pero creo que poniendo en la balanza ambas caras de la moneda, me ratifico: como quisiera leer la mente de aquellas personas a las que no quisiera nunca molestar o herir de nuevo. Aquellas personas con las que no quisiera tener ni una sola discusión más, por muy imposible que en la realidad suene.