Apenas terminé de comer me dirigí
a mi alojamiento para descansar. Eran apenas las 8pm, pero además del cansancio
acumulado del día, la verdad era que no había absolutamente nada más que hacer.
Al menos no en la Medina, pues días
después me enteré que en el lado moderno de la ciudad todo era distinto: pubs, discotecas, cines, etc. Lástima que,
estando sola, no se me dio muy bien eso de explorar más zonas desconocidas.
Al día siguiente amanecí contentísima.
Sabía que ese día no tendría experiencias desagradables y no que equivoqué: fue
el mejor día de mi viaje.
Había contratado – por 50 euros –
un tour full day a las montañas, que
incluían mi anhelado paseo a camello. Salimos temprano por la mañana, y por el
miedo a quedarme dormida terminé estando lista 1 hora antes de la partida
debido a que había olvidado que Marrackech tenía una hora de retraso con
relación a Madrid. Y nuevamente, por miedo a quedarme dormida, en vez de regresar
a dormir a mi camita, me despanzurré en un sofá de la salita de mi Riad.
A las 9am en punto partimos en
grupo – unas 10 personas entre alemanes, canadienses, españoles y yo – a las
montañas. La primera parada fue una pequeña casita de adobe (o algo similar)
donde habitaba una familia común de Marrackech. En ella, nos prepararon un
desayuno delicioso: té de menta (con una divertida introducción a su forma de
preparación), pan recién horneado, mantequilla, aceite de oliva y miel.
Una peculiaridad: los panes los
cocinan grandotes, del tamaño de la base de una pizza grande, y luego lo sirven
en trocitos cortados con las propias manos. Luego, cada persona va tomando los
trocitos y remojándolos en aceite de oliva y miel o untándolos con la mantequilla.
Una delicia.
La segunda parada fue el lugar
donde me enamoré a primera vista de un camello. Entre todos era el que tenía el
rostro más dulce, la mirada más tierna. Lo elegí de inmediato y me monté en él.
Para ello, tuve que subirme por una escalera: sí, así de altos eran estos
benditos animales, con las patas flaquitas, pero un tórax robusto, y no puedo
negar que sentí mucho vértigo al subir. Tanto, que por unos segundos dudé en
dar el paseo. Felizmente lo hice, porque fue una experiencia inolvidable.
Minutos después, y antes de
empezar la caminata por las montañas, hice mi primera negociación en inglés. Me
habían dicho que si a un comerciante marroquí no le pedía una rebaja y no discutía
con él largo rato antes de pagarle el precio que me propondría, le arruinaría
el día, pues lo haría pensar que hizo un mal negocio. Por ello, discutí unos 15
minutos antes de lograr pagar 45 dirhams (4.5 euros) en vez de los 100 (10
euros) que me pidió en un inicio. Negocio redondo. Y en inglés!.
La caminata fue fabulosa. Los
paisajes muy bonitos, aunque nada que no hubiera visto en el Perú. Nada
comparado con Huancaya, por ejemplo. Pero no por ello dejé de disfrutar bañarme
en la catarata, tomarme fotos sola y en grupo y hasta grabar un video de mi
alrededor. Parte anecdótica: un vendedor de collares me ofreció un collar a
cambio de un beso y/o que me case con su hijo (luego de preguntarme donde
estaba mi esposo e indignarse porque a mis 23 años era aún soltera).
La parte final fue el almuerzo típico.
Mentiría si les digo que recuerdo los nombres de cada uno de los platillos que
nos sirvieron, pero lo que si recuerdo es que cada uno de ellos era delicioso.
Todos consistían más o menos en guisos de carne o pollo con verduras y muchos
condimentos que hicieron las delicias de mi paladar. De paso, aprovechamos para
tener una bonita tertulia entre extranjeros en una acogedora terraza en pleno
atardecer.
Como les dije, no hubieron
mayores contratiempo en este día. Quizás por ello, no pudo ser mejor broche de
oro para cerrar este viaje que siempre recordaré y agradeceré.