Cuatro paredes me rodean así como el terror de lo acontecido aquella noche. Aún hoy, anciano y sin fuerzas, no logro dormir con la luz apagada y sin haberle puesto seguro y tres candados a la puerta de mi casa y otros tantos más a la de mi habitación.
El espanto de esa noche está indemne en mi memoria y cerrar los ojos parece ser la penitencia que deberé pagar de por vida por mi adolescente desatino.
Aún hoy veo el flujo de la sangre corriendo por sus piernas y las mías. Aún escucho sus gritos de placer y dolor intenso, aún sueño hoy con retroceder el tiempo y no haber ingresado nunca a ese local de la séptima calle.
Pero la realidad es otra en mi vida…y el local, las luces, el trago, aquella mujer… todo parece haberse aferrado a mis cinco sentidos y el escozor de aquel dolor frustrante no da indicios de querer buscar otro refugio distinto a mi alma herida.
A la mañana siguiente me encontré fuera de mi hogar, recostado en una camilla dura en una habitación completamente blanca. Abrí los ojos y observé a seres extraños moviéndose de un lugar a otro.
- Despertó, despertó – gritaba una mujer eufórica que inmediatamente después corrió a abrazarme contra su pecho.
Aquellos seres empezaron a moverse aún más rápido.
Me empezaron a hacer preguntas estúpidas como mi nombre, el color de mi bata (como si todas no fueran iguales) y cuantos dedos veía en una mano. A continuación arrancaron de mis brazos algunos de los tantos tubos que tenía conectados.
¿Por qué no podía recordar nada? – me preguntaba a mi mismo. ¿Qué habría sucedido aquella noche con aquella bella mujer?, ¿Cómo había llegado hasta ese lugar?.
Y lo peor es que no podía articular palabra alguna. Quería gritar de desesperación pero no lograba recordar el sonido de las sílabas.
Escuché decir a una mujer que llevaba cuatro meses en estado de coma y que no creyeron que podría despertar. “La impresión fue demasiado fuerte” – sentenció ella misma.
Empecé a sudar frío; tres hombres vinieron y me agarraron con fuerza atándome con gruesas cuerdas. Me llevaron en una camioneta blanca, a un lugar dónde no podía dejar de sentirme atrapado y condenado.
Nunca más fui capaz de volver a acercarme a una mujer y mi temor de aquella noche me condenó a vivir en una permanente soledad.
La noche va cayendo, estoy recostado en mi cama y nuevamente escucho ruidos cercanos. Me acerco a la ventana, cierro los ojos y la veo a ella nuevamente. Abro los ojos con espasmo, escucho un grito horrendo.
Con pasos trémulos abro la puerta que me lleva al corredor. Encuentro un sobre en el suelo. Lo levanto y en el interior del mismo sólo aparece su foto, con toda esa belleza que se esfumó aquella noche
.
No pierdo el tiempo pensando en quien pudo mandarla, sino en lo que aquello podía significar.
El miedo aparece de nuevo. Regreso a mi cuarto, tranco las puertas y me paro frente al espejo. Es ella. Es ella quien me llama, quien me va hipnotizando. Sus ojos me enamoran y mi cuerpo parece no responderme. Mis piernas corren y, en un intento desesperado de atravesar el espejo para estar con ella, termino incrustado en él.
Grito, llega mucha gente; nuevamente demasiado movimiento. Otra vez esos seres extraños vestidos de blanco. Siento que voy perdiendo la conciencia.
- Es él, el loco que se escapó hace varios años – escucho. Y de inmediato me resigno a mi suerte: a terminar mis días en aquel lugar a dónde sabía me llevarían.