domingo, 23 de octubre de 2011

CAMINO

Cuatro paredes me rodean así como el terror de lo acontecido aquella noche. Aún hoy, anciano y sin fuerzas, no logro dormir con la luz apagada y sin haberle puesto seguro y tres candados a la puerta de mi casa y otros tantos más a la de mi habitación.

El espanto de esa noche está indemne en mi memoria y cerrar los ojos parece ser la penitencia que deberé pagar de por vida por mi adolescente desatino.

Aún hoy veo el flujo de la sangre corriendo por sus piernas y las mías. Aún escucho sus gritos de placer y dolor intenso, aún sueño hoy con retroceder el tiempo y no haber ingresado nunca a ese local de la séptima calle.

Pero la realidad es otra en mi vida…y el local, las luces, el trago, aquella mujer… todo parece haberse aferrado a mis cinco sentidos y el escozor de aquel dolor frustrante no da indicios de querer buscar otro refugio distinto a mi alma herida.

A la mañana siguiente me encontré fuera de mi hogar, recostado en una camilla dura en una habitación completamente blanca. Abrí los ojos y observé a seres extraños moviéndose de un lugar a otro.

- Despertó, despertó – gritaba una mujer eufórica que inmediatamente después corrió a abrazarme contra su pecho.

Aquellos seres empezaron a moverse aún más rápido.

Me empezaron a hacer preguntas estúpidas como mi nombre, el color de mi bata (como si todas no fueran iguales) y cuantos dedos veía en una mano. A continuación arrancaron de mis brazos algunos de los tantos tubos que tenía conectados.

¿Por qué no podía recordar nada? – me preguntaba a mi mismo. ¿Qué habría sucedido aquella noche con aquella bella mujer?, ¿Cómo había llegado hasta ese lugar?.
Y lo peor es que no podía articular palabra alguna. Quería gritar de desesperación pero no lograba recordar el sonido de las sílabas.

Escuché decir a una mujer que llevaba cuatro meses en estado de coma y que no creyeron que podría despertar. “La impresión fue demasiado fuerte” – sentenció ella misma.

Empecé a sudar frío; tres hombres vinieron y me agarraron con fuerza atándome con gruesas cuerdas. Me llevaron en una camioneta blanca, a un lugar dónde no podía dejar de sentirme atrapado y condenado.

Nunca más fui capaz de volver a acercarme a una mujer y  mi temor de aquella noche me condenó a vivir en una permanente soledad.

La noche va cayendo, estoy recostado en mi cama y nuevamente escucho ruidos cercanos.  Me acerco  a la ventana, cierro los ojos y la veo a ella nuevamente. Abro los ojos con espasmo, escucho un grito horrendo.

Con pasos trémulos abro la puerta que me lleva al corredor. Encuentro un sobre en el suelo. Lo levanto y en el interior del mismo sólo aparece su foto, con toda esa belleza que se esfumó aquella noche
.
No pierdo el tiempo pensando en quien pudo mandarla, sino en lo que aquello podía significar.
El miedo aparece de nuevo. Regreso a mi cuarto, tranco las puertas y me paro frente al espejo. Es ella. Es ella quien me llama, quien me va hipnotizando. Sus ojos me enamoran y mi cuerpo parece no responderme. Mis piernas corren y, en un intento desesperado de atravesar el espejo para estar con ella, termino incrustado en él.

Grito, llega mucha gente; nuevamente demasiado movimiento. Otra vez esos seres extraños vestidos de blanco. Siento que voy perdiendo la conciencia.

-          Es él, el loco que se escapó hace varios años – escucho. Y de inmediato me resigno a mi suerte: a terminar mis días en aquel lugar a dónde sabía me llevarían.

lunes, 17 de octubre de 2011

Espejo



Me gusta levantarme más tarde de lo habitual. Me arreglo en poquísimo tiempo, en comparación con las demás personas de mi género. Siempre llego demasiado temprano a trabajar, pues ya me acostumbré a ser quien pone el café y hierve el agua para que todos desayunemos en la oficina antes de empezar el día.
Me gusta almorzar en el comedor común. Después de varias horas frente a una computadora, creo que es indispensable sociabilizar. Bromear. Reír. Así digiero mejor. Me gusta una porción de crema volteada para cerrar la comida.

Me encanta salir de la oficina cuando aún hay sol en el cielo. Alegra mis días caminar sintiendo ese calorcito aún tenue. Me hace sonreír. Reniego en el micro camino a casa, pues evitar molestarme debido al tráfico limeño es una de mis asignaturas pendientes. Sin embargo, un par de horas posteriores en el gimnasio, me devuelven toda la tranquilidad. Me serenan. Me dejan lista para leer un poco, ver alguna serie, conversar con mi novio, descansar.

Me gustan mis días así de sencillos, de habituales. Aunque ello no excluye mi necesidad de algo más, de algo aún mejor. De novedad. De aventura. De experiencias nuevas. Soy la misma persona de lunes a domingo, aunque a veces no te la creas. Escribo todo el tiempo. Cuando estoy triste, para alegrarme, cuando estoy feliz, para compartirlo, cuando te vas, para consolarme.

Voy al cine solo eventualmente, pero veo películas todo el tiempo. Conmigo, contigo, con quien me encuentre en ese momento. Podrían transcurrir horas mientras leo diversos cuentos, pero cuando me agarra el sueño, serás un mago si logras mantenerme despierta. No me digas nunca que no puedo hacer algo, porque no tienes idea de lo que sería capaz por probarte lo contrario.

Me gusta saber que puedo ser voluble y que ello no me transforme en una mala persona. Puedo atravesar la barrera de la alegría desbordante al llanto en pocas horas, porque vivo y siento con una pasión e intensidad que podría mover montañas. Me cuesta llegar a un sano término medio, pues me gustan las emociones extremas. Puedo amar más allá del infinito y sentir de igual forma una absoluta indiferencia.

Me gusta saber que soy capaz de tolerar mucho. De entregar y esperar si siento que vale la pena. Pero cuando me lleno de miedo, cuando siento que no puedo más, cuando alcanzo mis límites, en un solo segundo, huyo. Desaparezco. Me escondo. Me derrumbo. Me destrozo. Siempre por mi cuenta. Luego me levanto. Camino. Sonrío de nuevo. También sola, por mí cuenta.


No me gusta esperar, pero he aprendido a hacerlo. Me aburro rápido de las cosas, cuando son siempre las mismas. Soy hiperactiva, pues casi siempre me verás riendo, aunque haya días en que no tenga demasiadas ganas de hacerlo. Odio las mentiras, la falsedad en todas sus facetas. Pero amo lo difícil, me excita lo prohibido. No trates de amarrarme, porque estaré lejos de ti antes de que lo notes. Tenerme cerca es tan sencillo como darme la libertad de hacerlo.

Me gusta conversar y conocer gente nueva, pero me considero antisocial. Me gusta la comodidad de mi círculo cerrado. El exceso de gente me abruma, me aturde. Me arden las tardes cuando no tengo nada en que ocuparme. Me ceno las noches, cuando me duele el corazón.

No me preguntes demasiado, aprende a observarme. Descúbreme. No esperes demasiado, porque estaré lista para dártelo todo, justo cuando ya no esperes más. Mantente cerca, pero déjame extrañarte. Y de vez en cuando, cómprame mi chocolate preferido.

Lo que ves es lo que soy, y lo que no ves, también un poco. 


lunes, 10 de octubre de 2011

Ya no quiero trabajar por el dinero

El lunes pasado no fui a trabajar y no puedo negar que lo disfruté. Una infección no esperada me atacó y me mantuvo encerrada en casa las 24 horas del día. Me dediqué a ver algunos capítulos de How I met your mother (hasta que me estanqué porque ya no tenía los capítulos que continuaban), a cometer el error de utilizar mi elíptica ya que no podía ir al gimnasio (hoy mi doctor me dijo que tenía que descansar todo el día) y a leer mucho más de lo habitual. Me acosté temprano pensando en levantarme al día siguiente, completamente descansada, para reincorporarme en la oficina.

Pero el martes amanecí igual de mal que el día anterior. Y hoy ya no es tan divertido. Me siento inútil, aburrida. Sin embargo, en la mejor parte de mi día, me puse a leer un libro que mi novio me prestó. No de literatura esta vez, sino de pura educación financiera. De cómo aprender a dejar de trabajar por el dinero y hacer que el dinero trabaje para uno mismo.

Comencé a ojearlo algo incrédula, pues siempre he mantenido mi discurso de que las personas no debemos vivir para acumular grandes riquezas. Siempre he pensado que la gente que gana demasiado dinero, termina convirtiéndolo en el centro de su vida: vivir pensando en el dinero era algo que me generaba cierta repulsión. Por ello, hasta cierto punto, rechazaba siempre la idea de la riqueza excesiva, de los capitalistas modernos que viven acumulando sin mover un solo dedo, pues tienen demasiados empleados encargándose de absolutamente todo lo necesario para llenar sus bolsillos.

A medida que avanzaba sentí cómo se me iba volteando la tortilla. Cómo finalmente, era mi modo de pensar, el que generaba que las personas convirtieran el dinero en el centro de su existencia.

Justamente, la gente pobre y la clase media, es la que, desde la infancia, recibe la lección de que debe estudiar mucho, sacar buenas notas y solo así conseguirá un buen trabajo que le garantice ingresos suficientes para vivir. Y a medida que los ingresos aumentan, los gastos lo hacen en la misma proporción. El resultado es que nos pasamos la vida trabajando cada vez más arduamente, para pagar las cada vez mayores cuentas a fin de mes, siempre dependiendo del cheque que nos entrega nuestro empleador y siempre con temor a perder el empleo y con ello esos ingresos seguros y garantizados. Lo que Robert T. Kiyosaki llamó “La carrera de ratas” (http://virtualbeing.bligoo.com/content/view/331204/LA-CARRERA-DE-LAS-RATAS.html ). Es decir, corremos y corremos y nos esforzamos, pero nunca llegamos a acercarnos un poco más allá del límite de cubrir nuestros gastos mensuales. Ni un ápice de acercarnos a nuestros verdaderos sueños.

Contra esto, el libro me planteaba dejar de trabajar por el dinero, y buscar que el dinero trabaje para mí. Dejar de alinear mis ingresos con mis egresos, dejar de adquirir obligaciones. Dedicarme a adquirir activos, es decir, aquellos que van a llenar mis bolsillos de dinero. Solo a través de las inversiones, es que podría obtener la libertad financiera para poder liberarme de lo que implica vivir cada día pensando en ir a trabajar para poder ganar suficiente dinero para vivir bien. Sólo cuando el flujo de dinero de mis inversiones sea suficiente para cubrir todos mis gastos, alcanzaría tal libertad. Ahí podría elegir trabajar (por amor a mi carrera) o dejar de hacerlo. Elegir dedicarme a lo que amo, en mi caso escribir. Elegir viajar por el mundo y aprender de cada cultura lo que se me diera la gana. Simplemente, elegir. Elegir sin que la obtención de dinero sea mi meta, pues ese flujo vendría a mí solo, sin necesidad de mi presencia física, sin necesidad de un arduo trabajo cada vez mayor, en algo que, quizás, no me interese demasiado.

Esa libertad para hacer lo que amo y solo eso, es la que ahora quiero. No se trata de que quiera dejar de trabajar, en absoluto. Pero quiero que mis decisiones de trabajo, estén determinadas únicamente por la obtención de mis metas personales, por los sueños que hoy tengo o que algún día tendré. No quiero trabajar solo porque necesito conseguir dinero. Quiero poder arriesgarme a cambiar, a volver a empezar, a hacer algo diferente a lo convencional, sin miedo a  no poder pagar las cuentas a fin de mes.


Recién he llegado al segundo capítulo del libro, y obviamente aquí he simplificado todo aún más (dicho sea de paso, en el libro está escrito de la forma más simple, para ser entendido por todos). Pero espero con ansías continuar, luego de terminar de digerir todo lo que se ha metido en mi cabeza hasta ahora. Romper los propios paradigmas no es sencillo. Ahorita tengo toda la emoción del momento, pero mañana no lo sé. Por eso lo escribo, por eso se los cuento. Para no olvidar lo que estoy aprendiendo, lo que definitivamente quiero seguir aprendiendo.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las decisiones no elegidas



Hace 25 años, un 18 de agosto, yo nací y nadie me preguntó como quería llamarme. Nunca me enteré hasta varios años después, en que todos se referían a mí como “Katia”. Hubiera preferido algo distinto, como Camila, pero mi mamá decidió bautizarme con el mismo apelativo de un cohete que fue lanzado al espacio días antes de mi nacimiento.

Cuando cumplí 6 años me hicieron una fiesta en “El Rancho”. En una de esas cabañitas que hoy ya no existen. Era mi primera fiesta de cumpleaños en la que podía invitar a mis amigos del colegio. Todo un acontecimiento. No recuerdo claramente el lugar, ni las golosinas servidas, ni como lucían mis amigos hace tantos años. No recuerdo si me divertí, ni tampoco si me dieron muchos regalos y menos cual fue mi preferido. Solo recuerdo el enorme susto que me llevé cuando vi a la horrorosa “Chilindrina” que habían contratado mis padres para animar mi fiesta. No entiendo cómo pudieron hacerme eso. Era fea, tenía dos colas demasiado largas en el cabello, demasiadas pecas falsas en la cara y unos dientes destartalados que para qué les cuento. La graciosa niña de la televisión que me hiciera reír al poco tiempo y por tantos años al ver “El Chavo”, quedó para siempre estigmatizada para mí, porque siempre evocaba, aún entre risas, la escalofriante imagen de ese personaje de mi primera matiné en El Rancho.

Desde que tengo uso de razón, hasta que cumplí aproximadamente 12 años, la costumbre familiar era pasar los domingos en el Club El Bosque. No niego que me encantaba pasar los días en la piscina, comiendo parrilla, meciéndome en las hamacas. Pero había algo que malograba tan bonito cuadro: la idea de la obligatoriedad de esos paseos, de mi nulo poder de decisión. Sí, la mayoría de las veces era genial, pero las otras, sin embargo, tampoco eran negociables. No importaba si había amanecido de mal humor, o si tenía sueño y solo quería quedarme en cama todo el día, o si no me daba la gana de ver el sol. Era la costumbre y punto. Irónicamente, hoy quisiera ir al club al menos de vez en cuando, pero por un tema de edad, ya no soy bienvenida sin presencia de los “socios titulares”, es decir, mis padres. Esos mismos padres que ya ni recuerdan lo que era El Bosque. Y eso tampoco lo decidí yo.

Nunca elegí estudiar en un colegio de monjas alemanas. Pero pasé 13 años de mi vida estudiando 6 horas semanales de alemán. Aprobé con excelentes resultados los exámenes internacionales que me certificaban como apta para hablar fluidamente el idioma con cualquier alemán que se cruzara en mi camino. ¡Qué tremendo orgullo! Lamentablemente (como bien asumirán), jamás me crucé a ningún alemán en mi ciudad.. Incluso, cuando viaje a Europa, incluida Alemania, mi anfitriona era una alemana que hablaba español mejor que yo.  No hizo falta una sola palabra de esfuerzo. Tal vez me faltó el valor para mandarme y hablar. Preguntar algo a cualquier transeúnte. Lanzar cualquier frase al aire y esperar la crítica. Y luego, en Marruecos, cuando finalmente creí que había llegado mi oportunidad al ver que mis compañeros de cuarto eran 2 alemanes, resulta que estos tenían un inglés envidiable y preferían practicarlo en vez de ayudarme a practicar mi ya bastante olvidaba segunda lengua. Curiosamente, una noche, jugando “nervioso” (ese juego de cartas en que las arrojas una a una mientras las cuentas, y debes colocar tu mano sobre ellas si coincide el número que cantas con la carta que botas), los convencí de contar en alemán. Aceptaron entre risas, como sabiendo que había un asunto personal en mi petición. Y sonrieron gratamente cuando me oyeron pronunciar sin dificultad. Al fin demostré que, tras 13 años de esfuerzo, era capaz de contar hasta 13 en alemán. ¿Qué lechera, no?

El martes último llegué a trabajar a las 8:26am y me enteré, por un correo electrónico, que estaba inscrita en un campeonato de paintball. Nadie me preguntó. Lo que sí, me advirtieron que no había forma de des-inscribirme sin arruinar la participación de los otros 9 integrantes del equipo. Presión social, creo que le llaman. Ni modo. ¿Caballero pues, no? A lanzar balines de pintura este 22 de octubre y rezarle a todos los santos porque ninguno me alcance. O cruzar los dedos. O suplicar clemencia si alguien me acorrala. Para que preocuparme si, finalmente, eso tampoco lo decido yo.