jueves, 19 de abril de 2012

De como los buffets subvencionan la obesidad


No, mi crítica no va a meterse con la calidad de la comida de los tan populares buffets. Primero, porque hablaré de un tema, para mi, mas relevante. Segundo, porque si bien es cierto que hay algunos lugares en que los buffets son tan malos que parecen las sobras de los platos a la carta, hay otros en que los buffets son espectaculares, deliciosos.

Lo que me preocupa a mi es el terrible incentivo que resulta de que, cuanto mas comes, menos pagas. Porque si pues: eso de la tarifa plana, del all you can eat y similares, no es otra cosa que estafar a los que comemos cantidades normales de comida. Pagamos lo mismo que el que se come 5 platos y solo comemos 2. Y ese que se come 5, se retira feliz, pensando lo bueno que le salió el negocio, pues el sonso que come 2 y que paga lo mismo que él, en realidad está pagando para que al restaurante le sea rentable el tragón.

Pero como si la sola injusticia no fuera suficiente, los buffets incentivan también los excesos alimenticios. ¿Quién no ha comido hasta reventar en un buffet, solo para justificar lo que estaba pagando?. Los buffets nos hacen creer que, ya que igual vamos a pagar lo mismo, tenemos que sacarle hasta el impuesto a la comida y embutirnos de todo lo que nos pongan delante. Ya no tenemos hambre, pero seguimos comiendo porque cada bocado, en vez de costarnos mas, hace que el total nos cueste menos.Terrible.

En cambio, propondría un sistema simple y fabuloso, que es el utilizado por wong en su comedor: buffet al peso. Nos otorga la parte buena de los buffets, que es la variedad, pero no nos da mayores incentivos para comer como cerdos, ni me obligan a pagar por comida que no comeré, mientras subvenciono mas bien al gordito que está detrás mío en la cola. 

A modo de ejemplo, para aterrizar lo que he dicho hasta ahora, les cuento que 5 días a la semana almuerzo en Wong. Nunca mi cuenta pasa los 10 soles, incluyendo mi botella de agua mineral. Como lo que quiero, lo que me provoca, sea muy saludable algunos días, o super power otros, pero la clave está en las cantidades. Mis platos nunca pasan los 350gr., mientras que no dejo de sorprenderme al ver cuentas habituales de 18 o 20 soles, por mas de 600gr. de comida, incluido postre. Pero si Wong fuera un buffet tradicional, a ambos nos costaría unos 15 soles, pero yo solo me comí 10 soles, y los otros 5 soles sirvieron para cubrir el exceso del gordito.

Dejemos un poco de lado los buffets, en los que dicho sea de paso siempre comemos más de lo que deberíamos o incluso quisiéramos. Pero sobretodo, dejemos de subvencionar la obesidad, pues.


domingo, 15 de abril de 2012

Nadie es responsable de nuestra infelicidad

Hombre: Y si lo volvemos a intentar?
Mujer: No. Si yo no quiero volver contigo, no es por lo último que ha pasado. Es por 30 años de infelicidad a tu lado.

Yo me pregunto, ¿es realmente la culpa de hombre los 30 años de infelicidad de mujer?.

No rotundo. Nadie debería ser responsable de la infelicidad de otra persona, al menos no de 30 años de infelicidad.

Pienso: yo podría ser infeliz porque mi pareja me dañó de alguna forma: desde la clásica sacada de vuelta, hasta temas diversos como mentiras, maltratos, ofensas. Pero esa infelicidad duraría el tiempo que yo lo permita. Podría llorar noches enteras hasta olvidarlo y poner punto final a ese dolor para siempre. O podría perdonarlo pero sabiendo – sin ninguna duda, aunque trate de negarlo – que la historia se repetirá de una u otra forma.

Ahora, yo creo en las segundas oportunidades, dependiendo de distintas circunstancias, claro. Pero segundas oportunidades no son terceras, cuartas, quintas ni infinitas. Simplemente porque los seres humanos tenemos, o deberíamos tener, la capacidad de aprender. Y aprender implica, precisamente, no repetir el mismo pastel infinitas meses.
Recordemos cuantas veces nos hemos llegado a burlar de esas mujeres estúpidas – de la farándula o de fuera de ella – que aparecen en la televisión lloriqueando, quejándose de los golpes de su pareja que, casi siempre, se han repetido ya en varias ocasiones. La primera vez, son víctimas, por supuesto. A partir de la segunda, ya no lo son más.

Claro que podría haber casos muy particulares. Mujeres que, teniendo niños pequeños, no tienen más familia ni medios económicos para sobrevivir, y debido a ello deciden sacrificarse y tolerar lo intolerable. Pero esa no puede ser la regla, y nadie puede soportar ningún tipo de daño en nombre de un amor, que si daña, definitivamente no es tal.

Así que no creo ni siquiera que sea debatible que, si una mujer permanece casada 30 años con un hombre, siendo una mujer económicamente independiente, educada, que siempre se ha valido de sí misma para todo, y luego de ese tiempo es capaz de decir que ese hombre solo le dio infelicidad, quien tiene el problema más grave es definitivamente ella.

Ella que permaneció fiel a ese sufrimiento. Ella que calló y no fue capaz de poner límites a tiempo. Ella que eligió la seguridad de un matrimonio largo y desdichado, sobre el dolor momentáneo de una ruptura y el miedo inminente a la soledad.

Puede justificar de mil maneras su elección. Puede quejarse y culparlo a él cuantas veces quiera, tratando de convencerse a sí misma de que no tenía otra opción. Pero la tenía y no la tomó. Ella eligió. Ella eligió y esas son las 2 palabras que le ponen el parche a todo intento de justificación.

lunes, 2 de abril de 2012

Pasión


Hay tres tipos de cosas que hacemos durante nuestras vidas. Aquellas que debemos hacer. Aquellas que nos gusta hacer. Y aquellas que nos apasiona hacer.

Las cosas que debemos hacer, creo que no requieren mayor explicación. Son aquellas que, si pudiéramos elegir, simplemente no las haríamos. Yo por ejemplo, si pudiera tener el metabolismo privilegiado de tantas amigas y la seguridad de que no padeceré mayores enfermedades en mi vejez por esa causa, no comería ni una sola verdura además de los tomates. Lamentablemente, debo comer más verduras si quiero cuidar mi peso y, en general, mi salud.

Las cosas que nos gusta hacer son tan distintas de aquellas que nos apasionan, como de aquellas a las que estamos obligadas. Por ejemplo, a mi me gusta mi trabajo actual. Después de mucho tiempo en que el trabajo fue para mí un deber, hoy finalmente ha logrado escalar una posición y pasar al grupo de aquellas cosas que me generan satisfacción. De hecho hay detalles negativos, como seguir odiando levantarme temprano o que mi jefe tiene graves problemas psicológicos, pero son tolerables.

Sin embargo, jamás diría que ir a trabajar como asistente legal de un estudio de abogados sea algo que me apasione. Obviamente porque el derecho no me apasiona.

En cambio, me apasiona leer y escribir literatura. En los breves minutos que tengo libres en el día para leer, puedo sentir todas las emociones juntas que, quizás en varios días, no llego a sentir en la vida real. Simplemente porque yo vivo las historias, las imagino en mi vida, me meto en los personajes y lloro y río y me pongo nerviosa como ellos. Y anhelo ser Jo, con esa rebeldía y esa libertad que la desbordan, y ese talento y es amor por escribir, y lloro por el Gigante egoísta cuando lo leo transformado y en paz, y me pregunto si existirán amores tan intensos como el que vivió Anna Karenina y tan devastadores como el de Madame Bovary.

Claramente cada persona tiene su clasificación propia, tan distinta a la mía, que ya puedo imaginarme en el pellejo de un personaje al que, seguramente, le gustarán mucho las verduras como almuerzo diario, pero  leer sería algo que debería hacer, obligado por la necesidad de graduarse en la universidad, gracias a lo cual se convertiría en un publicista apasionado de su trabajo, que se levantaría cada mañana ansiando iniciar, una vez más, su “proceso creativo”.

Son tan disímiles nuestros gustos y pasiones.

Pero voy a volver a mi personaje real. Al personaje que mientras escribe estas líneas ansía al fin poder dedicarse solo a lo que le apasiona. Al que quiere tener muchas horas en el día (y mucha plata en el banco), para recorrer cada anaquel de cada librería y comprar a su antojo todos los libros de literatura que se le antojen. Y que no tenga que ir a la oficina 12 horas al día, sino que pueda tener una especie de trabajo independiente, dando consultarías legales por horas (sí, tampoco es que quiera abandonar el derecho para siempre). Y así tener otras muchas horas al día para hacer todas las demás cosas que le apasionan: desde hornear cupcakes (lo cual hoy me tiene absurdamente encantada), pasando por salir sin rumbo a tomar fotos, o simplemente tirarse en su jardín a pensar, de una maldita vez, en una buena trama y en unos buenos protagonistas, para su futura – y espero no demasiado lejana –primera novela. Al personaje que soy.

Y que ansía también tener muchas horas libres y mucho dinero para recorrer centros comerciales y comprarse ropa linda, y accesorios, y cremas para el rostro, e ir a la peluquería a que le pinten las uñas y le reacondicionen cabello mucho más seguido de lo que ocurre hoy. Porque, a quien quiero engañar: todo ese proceso natural de ser mujer, y arreglarme y sentirme regia, también me apasiona.

Siempre inicio mis post pensando en describir una idea a detalle, pero siempre el espacio me queda corto. Ahora, por ejemplo, pensaba describir todas las cosas que me apasionan y sin embargo, el espacio ya se terminó cuando apenas estoy comenzando. Prueba clara de que, cuando empiezo a escribir, detenerme es demasiado complicado. Prueba clara más bien de que, cuando algo te apasiona, simplemente el tiempo y el espacio pasan a un segundo plano. El tiempo y el espacio – y todo lo demás - por esos minutos, dejan de existir.