Me levante temprano. Diseñé mi blog. Fui feliz. A media tarde comenzó la parrilla marina. Música, chilcanitos, muchas risas. Razones personales para que sea un día especialmente bonito. Genial. Tomé mil fotos al cóctel de langostinos que preparó B. Delicioso. Pensé que la salsa golf, tan rosa, era el toque que hacía perfecto este plato introductorio. Me sentí afortunada. Afortunada de ver a mi alrededor a tantas personas llenas de alegría, llenas de vida. Llegada la noche, 8pm, las noticias de siempre. Una en particular. Dos veces en una semana, mis ojos se llenaron de lágrimas. Tenía sólo 23 años y conoció la muerte simplemente porque sí. No hay mas razones. He tratado de encontrarlas. No hay una maldita razón para que un chico de 23 años deba morir así, sin buscársela. ¿Qué es finalmente el fútbol? ¿Qué clase de fanatismo grotesco (casi casi, un fanatismo religioso) es capaz de enlutar un domingo en que yo solo quería disfrutar mi cóctel de langostinos?. Ya no disfruté nada. Ya ese color rosa de la salsa golf solo simbolizaba la trivialidad de nuestras vidas. Tan ajenas. Y tan frágiles. Tan frágiles como esa vida que se perdió un sábado por la noche. Un día en que la mayoría celebrábamos. Un día en que nadie esperaba morir. En el que Walter Oyarce no esperaba morir. Hoy al medio día puse este blog en marcha. Escribí sobre la pena de muerte. Hoy mismo, antes del anochecer vuelvo a escribir sobre la muerte. Una muerte tan injusta como aquella. Que me recuerda que nadie tiene el tiempo comprado, que nadie tiene una sola idea de si mañana estará en casa, comiendo un cóctel de langostinos, o estará, simplemente, bajo tierra. Una muerte que me daña como ser humano. Que me daña el corazón. Descansa en paz Walter.
Hace mucho que tenía pensado comenzar un blogg. Lamentablemente es muy fácil posponer las cosas (quien a querido seguir una dieta alguna vez, lo sabe perfectamente). Pero ayer viernes 23 de setiembre de 2011, no solo empezó la primavera, sino que terminé de leer, con lágrimas en los ojos, la carta que escribió Troy Davis antes de ser ejecutado.
http://elcomercio.pe/mundo/1306763/noticia-emotiva-carta-que-troy-davis-escribio-antes-ejecutado Para quienes no están al tanto de la historia, Davis fue condenado a la pena capital en 1991, por el homicidio de un policía en 1989. Lo peculiar de este caso, y que despertó el interés masivo de la población mundial, es la poca certeza que existía respecto a la comisión del delito, lo cual volvió a despertar el enorme debate en torno a la pena de muerte.
En la carta que menciono, Davis se sabe inocente. Se sabe inocente y se sabe afortunado de ser parte de una gran misión: la abolición de la pena capital. Él está a punto de morir, y sin embargo se sabe libre, libre bajo la conciencia de que la muerte solo puede acabar con su cuerpo, más no con su espíritu. Y aunque me gustaría ahondar más en este tema, ello me llevaría a hablar de religión, de la división del cuerpo y el alma, y no tengo interés en eso. Lo que despertó en mi este caso, no tiene nada que ver con religión. Ni con el alma. Tiene que ver simplemente con justicia. Soy abogada, o estoy a punto de serlo, y aunque mi pasión es la literatura, este único post no tendrá nada de literario. Simplemente buscar reafirmar, con todas mis fuerzas, mi postura en contra de la pena de muerte. No me importa si me hablan de asesinos en serie o terroristas o traidores en tiempos de guerra. Tampoco han faltado los que me trataron de sensibilizar hablándome de los violadores de niños, incluso de sus propios hijos. A ellos todo mi desprecio y sin embargo, jamás los mandaría a morir después de haber sido condenados en un sistema judicial como el nuestro. Pueden decir que no tienen remedio, que en las cárceles hay muchos privilegios y finalmente no pagan como deberían, o incluso que no quieren mantener con sus impuestos a esa especie de "escoria humana". Yo les digo que los humanos, como tales, cometemos errores. Los errores deben pagarse, claro que sí. Pero esos mismos errores los comete el poder judicial todos los días, y la pena de muerte significa la irreversibilidad de uno de esos errores. Que yo acepte la pena de muerte implicaría, primero, tener certeza de que la persona condenada lo merece. Sin atenuantes. Sin duda alguna. Y quienes hemos estudiado derecho, quienes estamos en este mundo "legal", sabemos muy bien que la única certeza en el mundo del derecho, es que ésta no existe. El mundo, distintos países, organizaciones internacionales, ciudadanos de a pie, están en ese rumbo. En esa ruta de abolir la pena de muerte. Hacía allá se busca llegar. A esto punto de civilización. Y en el Perú, dándole la contra al mundo, escucho a tantas personas reclamar por la pena de muerte, aclamarla, como si por un segundo realmente pudieran creer que esa es la solución a tanta criminalidad. Quien viola no lo hace pensando en que pasará el resto de su vida en la cárcel. Tampoco pensará antes de actuar, que será condenado a muerte. Ninguno de los dos será estímulo suficiente si el poder judicial no cumple su deber de aplicar las sanciones escritas en la norma. El día que eso pase, la sola cadena perpetua será estímulo más que suficiente. Porque finalmente, creo yo, quitarle la libertad a un hombre es mayor castigo incluso que quitarle la propia vida.