No sabía que ese día estaba tan cercano hasta que llegó. Llegó y
una vez ahí no pude hacer trampa. No pude fingir que no pasó nada, pero sí pude
evadir.
Te fuiste. Así, intempestivo. No nos dejaste prepararnos. No me
dejaste hacer un discurso de adiós.
Pero ese viaje cercano impidió un derrumbe. Los trámites. Las maletas.
Las despedidas. Tantas cosas en la cabeza me permitieron alzarla, secar las
lágrimas. La familia, las amigas, el novio. Todos pendientes. Todos atentos.
Tanta compañía, tanto afecto.
Hasta que me fui.
Hoy sentí más frío que todos los días anteriores, a pesar de que
la temperatura bordeada los 5 grados. Como
para tener calor, pensé.
Andaba con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la
nariz congelada. Igual que los pensamientos, congelados. Como nunca.
Pensar infinitas veces sobre lo mismo siempre fue mi especialidad.
Nunca aprendí a pasar por alto. Ni a borrar de mi mente. Ni a engañarme
convencerme de que todo está bien, de que todo estará bien. Nunca supe
callarme, ni aceptar, ni resignarme. Siempre quise más.
Hoy ya no están los trámites, ni las maletas ni las despedidas. Ni
la familia, ni las amigas ni el novio. Nadie pendiente. Nadie atento.
Pero sí un vacío. Todo extraño él. No estoy segura qué es lo que lo llenaba hasta
hace un par de meses. Una parte él, claro. Una parte tu. El resto, no lo sé.
No quiero confundirme. Ni confundir. Madrid es un encanto. Su
alegría, su onda relajada, sus calles divertidas, su gente tan variada. Bohemia.
Libre. Deliciosa. No me perdono no gozarla. No me perdono la soledad.
Más yo también soy libre. Y en esa libertad me permito sentir.
Sentir fuerte, sentir profundo. No vale llenar vacíos con lo burdo, con lo banal.
Tengo las piernas congeladas, otra vez. Creo que la calefacción
falla un poco aquí. Quizás falla mi cuerpo, mi termostato natural. Quizás ese
vacío es solo ausencia de calor. Ausencia de ti.