Si tuviera la posibilidad de elegir
un super poder, sin ninguna duda, sin siquiera pensarlo un segundo, elegiría la
posibilidad de poder leer la mente de las demás personas. En realidad no de
todas, porque sería terriblemente tedioso tener que lidiar con tantos
pensamientos que no me importarían en absoluto, pero si la de aquellas personas
que me importan, que son parte de mi cuadro.
Especialmente en estos últimos días
– aunque, en realidad, me ha pasado con mucha frecuencia antes - me he estado
cuestionando fuertemente respecto a lo complicado que es relacionarse con las
demás personas. Relacionarse a profundidad, digo. Porque conocer a las
personas, llevarse bien, reír, pasear, webiar, es sencillísimo. Al menos para
mi que nunca he tenido problemas con conocer nuevas personas. Pero apenas los
vínculos empiezan a fortalecerse, apenas esas personas nuevas empiezan a formar
parte de nuestro mundo cercano, todo empieza a complicarse, inevitablemente,
por más compatibles que sean, por más simple que haya sido pasar tiempo juntos
en un inicio.
Y si bien a menudo las
complicaciones aparecen por algo tan simple como la llamada “incompatibilidad
de caracteres”, otras muchas veces todo el problema parte de dos verbos: callar
y asumir. Y con callar, no me refiero solamente a no decir nada, sino también a
“decir a medias”, a dejar en la ambigüedad. Y la consecuencia de callar, claro,
es que la contraparte empezará a asumir. Asumir sin preguntar, que es otra
forma de callar. Ambas partes cayendo en lo mismo. Igual de culpables. Igual de
inocentes. Igual de tontas.
Hace poco yo asumí que lo correcto
era hablar y preguntar. Me equivoqué. Luego asumí que lo mejor era callar, dar
espacio, no joder. Me equivoque de nuevo. En ambas ocasiones descubrí que me
había equivocado cuando la otra persona dejó de callar y me dijo directamente
como era la nuez. Qué le jodió. Que esperó. Qué pensó.
Y obviamente, no es la primera vez
que algo así me ocurre (refiriéndome a la forma, claro, pues el tema de fondo si fue nuevo para mí, pero eso no es lo importante de esto). Tantos problemas me hubiera ahorrado si hubiera podido
leer la mente de esas personas importantes. Tantos momentos desagradables.
Tantos daños hechos y recibidos de las y a las personas que más he querido.
Por supuesto que he pensado en los
aspectos negativos de tener ese poder (por ejemplo, perder esa extrañamente
maravillosa emoción/intriga de no saber exactamente que pasará, de dejar que “las
cosas fluyan”), pero creo que poniendo en la balanza ambas caras de la moneda,
me ratifico: como quisiera leer la mente de aquellas personas a las que no
quisiera nunca molestar o herir de nuevo. Aquellas personas con las que no
quisiera tener ni una sola discusión más, por muy imposible que en la realidad
suene.